Como si no lo supieras
30 Junio, 2008
Pensando en ti…
28 Junio, 2008
Cuánto te haces de desear y cuánto te deseo. Ojalá te pudiera gozar mientras amanece, ojalá pudiera ver alguna vez salir el sol contigo y tomarme un café desnuda a tu lado. Y ojalá pudiera recibir tus besos, lujuriosos o calmados. Y darte besos cálidos y húmedos, en tu boca, en tu pecho, en tu vientre, en tu sexo que tanto me gustaría tener dentro.
Foto: Pascal Renoux
Silencios
16 Junio, 2008
Noche
13 Junio, 2008

Esta noche la voy a pasar contigo por entero.
Mi cuerpo se mezclará con el tuyo como el agua y la arena.
El tiempo pasará sobre nosotros sin rozarnos.
Te amaré hasta que amanezca, pero tú ya te habrás ido.
Esta noche voy a soñar contigo.
Libertad
4 Junio, 2008
Libertad no conozco sino la libertad de estar preso en alguien
Cuyo nombre no puedo oir sin escalofrío;
Alguien por quien me olvido de esta existencia mezquina,
Por quien el día y la noche son para mí lo que quiera,
Y mi cuerpo y espíritu flotan en su cuerpo y espíritu
Como leños perdidos que el mar anega o levanta
Libremente, con la libertad del amor,
La única libertad que me exalta.
La única libertad porque muero.
Tú justificas mi existencia:
Si no te conozco, no he vivido;
Si muero sin conocerte, no muero, porque no he vivido.
Luis Cernuda
Fragmento de Si el hombre pudiera decir
Foto: Mim
Las corbatas son como las ideas, cuantas más se tienen más se quieren y es una pena si nos faltan. La corbata es un acto de intimidad pública, una experiencia personal vivida desde los ojos de otro: es decir, una aventura de la inteligencia.
(De un catálogo de corbatas de Hermès)
Será por eso que me gustan tanto los hombres con corbata…
Deseo…
29 Abril, 2008
Gracias a ti por escribirme estas cosas. Y por todo lo demás.
…una noche para pasear envueltos en primavera incitante. Y para hacerme de nuevo con las claves de tu cuerpo, poco a poco, con calma, hasta tu último gemido, tu última gota, tu último temblor. Hasta ese punto en que me susurres con tu voz más dulce que puedo hacer con tu cuerpo lo que me venga en gana… Y entonces, abrazarte y sentirte durmiendo quieta, caliente y satisfecha.
Lo que tú me pidas (y II)
11 Abril, 2008
De todas maneras, no esperó respuesta, e indiferente a mi silencio y sin prestarme atención, arrancó el coche y tomó rumbo hacia el centro. En una de las calles más concurridas, donde la circulación y los semáforos impedían ir demasiado deprisa, me miró de nuevo.
-¿Te has puesto el liguero?
Asentí con la boca seca.
-Déjame que lo compruebe.
Levanté la falda lo imprescindible para que se viera el límite de las medias. También se veía perfectamente el broche del liguero, pero no pareció convencerle.
-No lo veo. Súbela más.
Así lo hice.
-Más.
En este punto ya llevaba la falda levantada hasta las ingles. Seguíamos circulando por la calzada, muy despacio, a un par de metros de mí la gente iba y venía por la acera, y yo imaginaba que cualquiera que mirara en mi dirección podría verme así como estaba. Cuando creí que ya era suficiente, hice ademán de volver a colocarme la falda.
-¿Qué haces? Yo no te he dicho que te la bajes otra vez.
Así que me quedé con las piernas al aire, con la sangre inundándome la cara y la humedad inundándome la entrepierna. Al rato aparcó en una calle cercana al centro, pero poco transitada. Apagó el motor y se quedó quieto, como esperando que yo hiciera algo.
-Venga, sal del coche, qué esperas. El restaurante está ahí enfrente, quédate en la puerta, ya iré yo.
Miré en la dirección que me indicaba y efectivamente vi a unos doscientos metros la entrada de un restaurante, un sitio realmente muy elegante, donde yo no había estado nunca. Desconcertada, salí del coche y me dirigí hacia allí; miré atrás, pero él permaneció en el coche sin hacerme gesto alguno.
Por segunda vez aquella noche, me quedé un rato aguardándole, atormentada por la estrechez de los zapatos, la incertidumbre de la situación y la conciencia casi tangible de cada centímetro de mi cuerpo. Algunos clientes entraron y salieron del local durante ese rato, y todos invariablemente se me quedaban mirando. Bendije interiormente el hecho de que no viera a nadie conocido.
Al cabo de un buen rato, llegó él y con toda naturalidad me cogió de la mano y me hizo entrar al restaurante. El comedor era relativamente grande, sabiamente iluminado y amueblado para crear cierta sensación de engañosa intimidad; flores en las mesas, porcelana, cristal. Un gran fresco decoraba el techo. Un camarero nos indicó nuestra mesa, no especialmente escondida ni expuesta. Nos dejó las cartas y se fue.
Yo no tenía demasiada hambre, mi cuerpo sentía otras urgencias, pero de todas formas empecé a leer la carta. Mi compañero no decía nada, ni me preguntó qué quería. Cuando vinieron a anotar nuestro pedido, intenté decir lo que había escogido, pero él no me dejó hablar y pidió por los dos. Una cena bastante ligera, además.
Mientras venía el primer plato, miré a mi alrededor, sin saber muy bien qué hacer. Desde otra mesa, una señora mayor con tanta laca en el pelo como para que no se le moviera nunca más en su vida no me quitaba ojo, con cierto gesto de desaprobación. En cada mesa había una pequeña lamparita y me di cuenta de que la luz que arrojaba hacía muy evidente que yo no llevaba sujetador. Volví a ponerme colorada.
-¿Te pasa algo? Te veo cohibida.
-Hombre, un poco sí.
-Pues no sé por qué. Pero ya que lo estás te voy a dar motivo. Vete al baño, no cierres la puerta con pestillo. Quítate el tanga y tráemelo.
Lentamente y sintiendo como si todos los ojos del local estuvieran fijos en mí, me levanté y me dirigí a los aseos. Entré en el de señoras y allí mismo, rezando para que no entrara nadie en ese momento, metí las manos bajo la falda y me quité el tanga, no sin cierta dificultad porque la falda era ceñida y el hilo del tanga se me clavaba en la piel. Hice un guiñapo con la prenda, diminuta de todas maneras, y con ella escondida en la mano volví a la mesa. Se la tendí a él, que la cogió sin demasiados disimulos y se la acercó brevemente a la nariz.
-Vaya, huele bien.
Y sin más dejó el tanga sobre el mantel, en una esquina, arrugado pero reconocible. Poco después llegó el camarero y, aunque no dijo nada e hizo como si no viera el nuevo adorno de la mesa, sentí claramente su mirada entre irónica y desaprobadora. Nos dejó los platos y se fue.
-¿Quieres vino?
-Sí, por favor.
Me refugié en mi plato y en la atenta observación del vino, del que de todas formas no podía apreciar ni el sabor, para no pensar en que no llevaba casi nada debajo de la ropa y en que mis humedades íntimas amenazaban con convertirse en ríos. En un determinado momento, él me alargó un pedazo de pan. Le miré sorprendida, yo tenía delante de mí mi propio pan, sin empezar.
-¿Por qué me das pan?
-Estás mojada, ¿verdad que sí? Demuéstramelo.
Y tanto que estaba mojada… pero la “demostración” requería que me subiera la falda y abriera las piernas, además de meter una mano entre éstas. Disimulé como pude con el mantel y finalmente le tendí el pan, sazonado con mis propios jugos. Lo olisqueó y pensé que se lo iba a comer, pero acabó dejándolo en un lado del plato.
-Muy bien, zorrita. Te estás portando bien.
Me sonrió, lo cual me animó un poco, y para cuando vino el segundo plato aquello ya parecía más o menos una cena normal, salvo que el camarero, en sus paseos por el comedor, le echaba miradas de reojo a nuestra mesa, con el tanga bien visible sobre el mantel. Finalmente se acercó a preguntar si queríamos postre.
-Yo no. La señora sí.
Y pidió un postre de la carta. Poco después el camarero trajo un plato con unas frutas rojas bañadas en una salsa blanca y me lo puso delante. Pero cuando el camarero se fue, mi compañero no me dejó coger la cuchara.
-Espera, que te lo voy a dar yo.
Y me dio el postre a cucharadas, como a una niña pequeña, sin demasiada maña; gotas de salsa me cayeron sobre la blusa y alguna me goteó por la barbilla. Me sentía más avergonzada que nunca antes en mi vida, algunos comensales nos miraban abiertamente y más de uno se reía sin disimulo. Y sin embargo en aquel momento estaba tan excitada que ni siquiera me importaba mi vergüenza.
Después de que trajeran la cuenta, me levanté para salir y me di cuenta de que en el tapizado de la silla había un rastro de humedad muy evidente, por lo que mi falda aún tenía que estar peor. Me prometí a mí misma no volver nunca por aquel restaurante.
Ya en la calle, él echó a andar delante de mí, a paso bastante rápido, y le seguí a duras penas, puesto que me dolían los pies. Al rato llegamos a una calle que era conocida en la ciudad por su ambiente no demasiado recomendable. Algunos luminosos de locales de dudosa reputación punteaban las fachadas aquí y allá, y la gente que circulaba por la zona, no muy numerosa puesto que era día laborable, hacía juego con esa impresión. Una vez alcanzamos un extremo de la calle, se paró bruscamente y me encaró.
-De acuerdo zorrita, hasta ahora te has portado bien. Pero quiero ver si puedes llegar a ser lo bastante puta. Quédate ahí en esa esquina hasta que alguien te pida precio.
Normalmente aquello habría merecido otra respuesta, pero tal como estaba transcurriendo la noche, ya no me quedaba capacidad de reacción, y lo único que pude decir fue:
-¿Y si me lo piden qué contesto?
Él sonrió: -Por eso no te preocupes, tú haz lo que te digo.
Y me dejó allí sin más, le pude ver caminar hasta la acera de enfrente y meterse en un portal, desde donde supuse que me estaría observando. Me quedé en la esquina de pie, apoyada en la pared, sintiendo una mezcla de confusión, enfado y excitación, diciéndome a mí misma que quién me mandaba meterme en aquel lío. Pero me contesté de inmediato. Lo hacía porque me lo mandaba él.
Al poco, un grupo de chicos jovencitos, con unas cuantas copas de más encima, pasó por el centro de la calle. Algunos me gritaron cosas bastante poco elegantes, pero no se acercaron. Sin embargo, algo más allá, uno de los chicos se separó del grupo y vino hacia mí. El resto siguió su camino.
Como me temía, el chico llegó hasta donde yo estaba y me preguntó:
-Hola guapa, ¿te vienes conmigo?
No tenía ni idea de lo que se suponía que debía contestarle, así que dije: -¿Dónde?
-Jajaja, ¿cómo que dónde? Dime, ¿cuánto cobras?
Supongo que el rubor que me subía hasta las orejas tendría que haberme delatado, pero imagino que debió tomarme por una novata o algo así. Seguía plantado frente a mí, apestando a alcohol y sin quitarme ojo, evaluando la mercancía, obviamente.
Pero la cosa no fue más allá: en ese momento sonó mi móvil, levanté la mirada y vi a mi compañero haciéndome señas desde el portal. Sin dudarlo dejé a mi “cliente” con la palabra en la boca y fui hacia allí tan rápido como pude. Entré en el portal, oscuro y pestilente, pero que me pareció en ese momento el más acogedor de los hogares. Él estaba allí, me cogió la cara entre las manos, me hizo levantar los ojos para mirarle.
-¿Aún crees que harás lo que yo te pida?
Asentí. Él se sacó algo del bolsillo y me lo puso en las manos. Era un diminuto candado dorado, con su llave. -Es para que te lo pongas en la cadena que llevas en la cintura. Es la señal de que me perteneces. Dime, ¿eres mía?
Apreté el candado en mi mano. Le sonreí.
-Soy tuya.
Lo que tú me pidas (I)
10 Abril, 2008

Todo había empezado por una tontería, así, sin pensar, como pasan a veces las cosas. Una frase de esas que se dicen sin profundizar demasiado en lo que significa, algo que mucha gente ha dicho antes muchas veces.
-Haría cualquier cosa por ti.
-¿Lo que fuera? ¿Estás segura?
-Estoy segura.
-Esa frase es muy peligrosa, ¿te das cuenta?
-¿Por qué?
-Porque puede que “cualquier cosa” sea más de lo que estarías dispuesta a hacer.
-Si tú me lo pidieras, no lo creo.
-Bueno, quizá algún día quiera que me lo demuestres.
No volvió a mencionar el tema, ni yo a acordarme del asunto. Pero unos meses después, mientras trabajaba, abrí mi correo y me encontré un mensaje suyo.
Esta noche voy a llevarte a cenar a un sitio muy elegante. Quiero que te pongas muy guapa, que te maquilles bien. Tienes que ponerte esa falda negra que te queda pegada a las caderas y una blusa que deje ver lo que hay debajo. También quiero que te pongas zapatos de tacón, medias con liguero, el tanga más ajustado que tengas y que no lleves sujetador. Ten presente esto en todo momento: quiero que seas consciente de que te estás vistiendo para mí, que yo sé lo que llevas puesto y que todo lo que haces es porque yo te lo he pedido.
Cuando estés vestida espérame, que ya pasaré a recogerte.
Ah, y un último detalle: ponte una cosa que te he dejado en la mesita del dormitorio.
Ninguna indicación del sitio ni de la hora, y aunque le llamé para preguntárselo no me cogió el teléfono, así que, por si acaso, empecé a vestirme en cuanto llegué a casa. La ropa interior no ofreció dificultad, un tanga negro y transparente que me quedaba algo pequeño, medias negras y liguero del mismo color. Luego la falda, recta, negra y por las rodillas. Estuve debatiéndome un momento ante la idea de ponerme sujetador a pesar de todo, aunque fuera de los más finos, porque nunca salgo sin ponérmelo y sabía que me iba a sentir muy incómoda, pero finalmente lo deseché y acabé eligiendo una blusa negra con flores blancas, bastante fina pero no tanto como si fuera de gasa. Aun así, los pezones se podían ver perfectamente, y el roce de la tela, no excesivamente suave, no hacía sino remarcarlos más.
De pronto me acordé de lo que decía la nota: fui a la mesita del dormitorio y no encontré nada encima, pero rebuscando en los cajones vi un paquetito envuelto en papel de regalo, que contenía una cadena dorada, larga y fina, y una escueta tarjetita: Póntela en la cintura. Me la coloqué bajo la ropa, intrigada por la intención de tan curioso obsequio.
Terminé el atuendo con unos zapatos de tacón fino, elegantes aunque demasiado apretados, pero me resigné pensando que iríamos en coche. Me maquillé, me peiné con un moño, me puse unos pendientes y una pulsera y me senté a esperarle.
Tardó aún un buen rato, tanto que empezaba a dudar de que viniera. La espera no hacía sino acentuar la incomodidad que sentía en mis zonas más recónditas: la tira del tanga se clavaba demasiado, causándome un roce continuo entre las piernas, y la ausencia de sujetador hacía que los pechos parecieran tener vida propia, pero todo eso no hacía más que aumentar mi excitación, porque sabía que lo estaba haciendo para complacerle.
Por fin llamó al timbre y, mientras salía, di un último vistazo a mi aspecto en el espejo del recibidor. Me pareció que se me veía demasiado llamativa, al menos para lo que acostumbro, pero deseché el pensamiento apartando la vista del espejo.
Él esperaba abajo, de pie al lado de su coche. Al verme, entró en éste, no hizo ningún gesto de saludo. Ya en el interior del vehículo, me miró valorativamente.
-¿Así me haces caso? Mírate. No vales ni para vestirte de zorra.
Me quedé helada, sin aire, incapaz de responder, ni siquiera de imaginar una contestación adecuada. Un violento rubor me subió a las mejillas, y, ante mi asombro, me sentí como si sus palabras me hubieran golpeado en pleno sexo, provocándome una reacción que sabía que el escueto tanga no podría contener.
Piel con piel
9 Abril, 2008

Ella se volvió.
-Masajéame los pechos con aceite, anda.
-No soy tan estúpidamente masculino, Elphaba.
-Sí que lo eres -replicó ella riendo, pero con expresión amorosa-. Ven.
Era de día, el viento rugía e incluso sacudía las tablas del suelo. El frío cielo sobre la claraboya era de un extraño azul rosado. Ella dejó caer su timidez como un camisón y, en la mirada líquida que la luz del sol derramaba sobre las viejas tablas, separó las manos, como si en el terror del combate venidero hubiese comprendido por fin que era hermosa. A su manera.
El desmoronamiento de su reticencia fue para él mayor motivo de temor que cualquier otra cosa.
Cogió un poco de aceite de coco, lo calentó entre las palmas y deslizó sus manos como correosos animales de terciopelo sobre sus pequeños pechos sensibles. Los pezones se erguieron y el color se volvió más intenso. Él ya estaba vestido, pero se apretó temerariamente contra sus formas, que opusieron una débil resistencia. Una mano bajó por la espalda y ella se arqueó contra él, gimiendo, aunque quizás esta vez no fuera por deseo.
Aun así, la mano de él siguió bajando hasta las nalgas, palpó entre las dos mejillas, halló el lugar donde un músculo tiraba de él tortuosamente, cariñosamente, e intuyó el tenue aguafuerte del vello, que iniciaba su cuadrícula de sombras, su arremolinada marcha hacia el vórtice. Dejó trabajar a su mano inteligente, leyendo en ella los signos de la resistencia. (…)
Ella cogió más aceite en el hueco de la mano y, cuando ambos cayeron y se deslizaron en la luz, lo dejó a él reluciente y angustiado de aceite, y llegó más profundamente que en ninguna otra ocasión.
Gregory Maguire, Wicked, Memorias de una bruja mala
Reflejos
7 Abril, 2008
Lo que se fue
1 Abril, 2008

Recuerdo cuando tu mirada aún me reclamaba.
Recuerdo cada palabra, cada susurro, cada gemido.
Recuerdo el despertar de los domingos por la mañana.
Recuerdo cada detalle de tu piel y de tu cuerpo.
Recuerdo que era tuya, recuerdo tantas cosas.
Ojalá se pudieran acariciar los recuerdos.
Foto: Marcus Down
Sinceramente tuya
20 Marzo, 2008
Joan Manuel Serrat lo expresa mucho mejor que yo. Pero, a pesar de todo, siempre sinceramente tuya.
A veces…
13 Marzo, 2008
Por la mañana
7 Marzo, 2008
No tengo ganas de salir de la cama. Por las rendijas de la persiana entra la luz de un día que se adivina de sol radiante, pero hace un frío de mil demonios. Hoy no voy a trabajar y me doy el gusto de remolonear un rato antes de levantarme. Pero al fin me hago el ánimo, desayuno, me ducho.
A media mañana, intercambio de mensajes. “¿Qué haces?” “Nada, aquí pasando el rato.” “¿Puedo ir a verte? Estaré ahí en una hora.”
Rápidamente se me pasa la desgana. Me pregunto cómo vestirme para recibirle, al abrir el cajón de la ropa interior encuentro las medias que me regaló la última vez que nos vimos. Sin pensarlo dos veces me las pongo, son de color vino, altas, me cubren hasta muy arriba de los muslos. Nada más, para qué. Como por encanto se me ha ido el frío.
Llega puntualmente y al ver su cara cuando le abro la puerta comprendo que no he podido elegir mejor atuendo. Me mira, me rodea, me abraza desde atrás, pasea sus manos por mi cuerpo, los dos de pie en el recibidor de casa. Sopesa mis pechos, los pezones duros no sólo por el frío, baja por mi vientre para encontrarse el sexo suave, recién depilado como le gusta, y tan húmedo como sabe que va a sentirlo. Yo también le siento, a pesar de la ropa que nos separa, a la altura de mis manos que le tantean sobre la tela.
Se está muy bien así, pero la calidez de la cama es tentadora, y allí nos vamos. Como hoy no tenemos prisa, gastamos el tiempo mirándonos, acariciándonos, lamiéndonos, oliéndonos. Sin rumbos fijos, sin intentar llegar a ningún sitio, por el placer del viaje. Ahora dibuja un sendero con su lengua entre mi nuca y mis nalgas, ahora me contempla simplemente, como si estuviera ante un plato de dulces y no supiera decidirse. Nos besamos despacio, saboreándonos, explorándonos con lengua y labios mientras la excitación crece y los besos se convierten casi en dentelladas.
Tengo calor a pesar del frío, y la calma del principio se va perdiendo. Sus dedos se pierden en mis recovecos, luego me los da a probar, calientes y húmedos. Quiero tenerle ya dentro, y me pongo sobre él, le cabalgo sujetándome a los barrotes de la cama, gimiendo tan fuerte que estoy segura de que nos oye todo el vecindario, aunque no me importa lo más mínimo.
Me pide que cambiemos de postura y sonrío porque sé cómo, aunque no lo diga: me pongo de rodillas y apoyo la cabeza en la almohada. Así, con los ojos cerrados, siento cómo se abre camino entre mis muslos, cómo me llega hasta el fondo a cada embestida, cómo su cuerpo choca con el mío; de pronto, me sorprende el sonido de su mano contra mi nalga, ha sonado fuerte pero no me duele en absoluto, no ha hecho más que aumentar la excitación…
Muy lejos, se oye el sonido de los fuegos artificiales que disparan todos los días a estas horas. Suena la pólvora, nuestros jadeos, nuestras pieles encontrándose, pero dentro de mí yo oigo campanas, me pierdo en mi orgasmo, me salgo de mí misma y me veo desde fuera, puro placer, pura piel, puro gemido.










