Luz de luna

29 Septiembre, 2008

Cuántas veces, en noches solitarias, me acuerdo de ti y te imagino conmigo. No sé por qué, suelo pensarnos en un cuarto a oscuras, una ventana abierta y el rumor del mar como única música. Imagino la luna en el cielo rozando la cama con sus rayos, y tú acercándote, mirándome travieso. A mí al principio me basta con verte: tu cuerpo alto y delgado, esa cintura que amo tanto. Pero el deseo me puede, y te pido que vengas, para besarte un poco y rozarte otro poco con las puntas de mis dedos, para saber que eres real y no volutas de humo hechas carne por la luz de la luna. Y tu piel respondiendo a mis dedos, y tus labios rozando los míos, acariciando su forma, dejándolos húmedos de tu saliva y la mía, bajando hasta hallar los pezones sedientos, el pecho ansioso de poder respirarte, las caderas que guardan mi impaciencia.

Yo entretanto dibujo en tu espalda arabescos que en algún idioma lejano significan “te amo”. Absorbo cada detalle de tu piel para poder recordarlo después con los ojos cerrados, tan real y tan fiel como si te estuviera tocando. Me abrazo a ti para sentirte latir y escucharte susurrar algún verso en mi oído; dentro de mí, aún lejos, siento oleadas que nacen en mi vientre y rompen en mi orilla, un mar secreto que ansía sentirte navegando en sus olas. Y el ansia convierte el besar en morder, el abrazo se estrecha, nuestros sexos se buscan, tu cuerpo choca contra el mío en sacudidas cada vez más intensas, la piel resbaladiza de sudor, tus jadeos, mis gemidos….

Hoy no brilla la luna, y no oigo el mar desde aquí. Y tu cuerpo aún es una lejanía imposible.

Foto: Scott James Prebble

Palabras…

21 Septiembre, 2008

Yo no hacía nada. Me mantenía erguida en mi taburete alto. Sólo escuchaba.

Y sabía que, a pesar mío, él notaba cómo crecía mi deseo al compás de sus palabras, conocía la fascinación que en mí ejercían sus frases dulzonas:

-Apuesto a que tus braguitas ya están húmedas. Te gusta que te hable, ¿eh? Te gustaría gozar sólo con palabras… Tendría que seguir diciéndote cosas todo el tiempo… ¿Ves? si te tocara sería como mis palabras… Por todas partes, suavemente, con la lengua… Te tomaría en mis brazos, haría contigo todo lo que deseara, serías mi muñeca, mi pequeña a quien mimar, y tú quisieras que no se acabara nunca…

Alina Reyes, fragmento de El carnicero

Amaneceres

17 Septiembre, 2008

Sé que le gustaba mirarme dormir. Sé que se acomodaba en la almohada, me apartaba el pelo de la nuca y me acariciaba ahí, con dedos casi ingrávidos, deteniéndose en el hueco de mi cuello. Le gustaba deslizarse por la piel de mi costado como un paseante que sigue la ribera de un río. A veces jugaba a acariciarme así, tocándome sin tocarme, todo el tiempo que pudiera sin que yo me despertara, mientras la luz gris del día se filtraba por las cortinas convirtiendo las sombras en realidades. Otras veces le urgía el deseo, y sus manos y su boca venían ansiosas a mi cuerpo rendido y cansado, pero siempre dispuesto para el suyo.

Sé que yo no siempre estaba dormida, pero igual le gozaba con los ojos cerrados. Me gustaba sentirle en esas horas frías que preceden al alba, los dos saciados de la noche pero igualmente sedientos. A veces dormía de verdad, y le veía en las puertas del sueño sin saber si era él o sólo era mi mente como luego lo fue tantas veces. Pero no había mayor certeza que su piel, sus contornos en penumbra, su sexo y el mío dándonos la bienvenida en la mañana.

Sé que me decía al oído, me gusta despertarnos así, luego el trabajo se hace mucho más llevadero…

Sé que nunca habrá amaneceres como aquellos, sé que los buenos días ya no serán los mismos en otros lechos…

Foto: Hywel Jones

Mujeres

15 Septiembre, 2008

Hay mujeres reales que parecen de cuento,
y mujeres soñadas que parecen vividas.

Hay mujeres que se someten y se disuelven en el capricho de otro,
y hay mujeres que se entregan más cuanto más libres se sienten.

Hay mujeres que no saben amar sino su propio reflejo
y hay mujeres que se reflejan en aquello que aman.

Todas las ilustraciones son obra del magnífico Luis Royo.

Otro año más…

10 Septiembre, 2008

…tenemos aquí los Premios 20Blogs, esos que todo el mundo discute y donde todo el mundo se apunta. Yo no voy a ser menos, claro. No tengo ninguna esperanza de ganar, pero al menos es una buena forma de dar un poco a conocer el blog, y ¿a quién no le gusta que los otros vean lo que uno hace?

Así que aquí está ya inscrito el Escondite, aunque aún no puede votarse; si tenéis curiosidad de cotillear el resto de blogs presentados, lo podéis hacer pinchando en esta imagen tan… eh… bueno, pues eso, pinchando en la imagen.

Me gusta que me mires

7 Septiembre, 2008

Que me acaricies con tus ojos…

Que me vayas llevando de la mano…

Que me pidas cuanto se te ocurra…

…que me hagas llegar a donde no he llegado nunca.

Foto: Sean Kennedy Santos

Si hay algo que yo querría…

4 Septiembre, 2008

…es hacer el amor contigo.
No follar contigo; hacer el amor contigo.
Sin que importaran las horas por delante.
Aprendiéndome tu cuerpo hasta el último centímetro.
Saboreándote, oliéndote, escuchándote.
No imagino mejor palacio en el mundo que unas sábanas blancas y tu cuerpo sobre ellas.
Si hay algo que yo querría
es mirarte a los ojos y decirte lo que siento.

Fotos: Andreas Heumann, Tom Baril

Amar es combatir

2 Septiembre, 2008

Amar es combatir, si dos se besan
el mundo cambia, encarnan los deseos,
el pensamiento encarna, brotan las alas
en las espaldas del esclavo, el mundo
es real y tangible, el vino es vino,
el pan vuelve a saber, el agua es agua,
amar es combatir, es abrir puertas,
dejar de ser fantasma con un número
a perpetua cadena condenado
por un amo sin rostro;
el mundo cambia
si dos se miran y se reconocen,
amar es desnudarse de los nombres.

Octavio Paz, fragmento de Piedra de Sol

Foto: Torsten Brandt

Suavidad

28 Agosto, 2008

Esta podría ser la segunda parte de El sofá. Al menos lo inspiró la misma persona.

Íbamos andando por la calle, un día especialmente nublado y frío. J me propuso subir a su casa y acepté sin pensarlo dos veces: ya hacía tiempo que no nos veíamos a solas y ambos podíamos percibir claramente el deseo transpirando la piel del otro.

En el ascensor, se pegó a mí hasta arrinconarme en una esquina, metió una mano bajo mi falda y tanteó los bordes del tanga, metió los dedos por la parte de delante, jugueteó con el vello del pubis. Retiró la mano sonriendo con picardía, como si se le hubiera ocurrido algo muy gracioso.

Ya en su casa, me hizo pasar al salón y sentarme en el sofá negro que tan bien recordaba de alguna otra vez. Se arrodilló ante mí y me quitó los zapatos. Empezó a masajearme los pies, cosa que agradecí porque los tenía muy fríos. Después, con manos suaves pero firmes, ascendió, muy despacio, por las pantorrillas.

Lejos de relajarme, me sentía cada vez más excitada. Sobre todo cuando el masaje, tras un rato que se me hizo eterno, llegó a las rodillas. Fue levantando la falda, lo justo para no estorbar sus movimientos, un poquito más arriba cada vez. Me hizo abrir un poco más las piernas, me quitó las medias. Me desabrochó la falda y la sacó tirando hacia abajo, haciéndome incorporar un poco. Después tomó delicadamente el tanga por sus bordes y lo bajó por las piernas. Se quedó enredado en mis tobillos.

Entonces J se levantó y me contempló, desnuda de cintura abajo, abierta para él, con el sexo y los muslos perlados de humedad. Aún estaba vestido, aunque yo suponía que no por mucho tiempo, porque era más que evidente su excitación. Pero suponía mal: dio media vuelta y salió del salón, para volver al momento cargado con varios objetos que dejó en el suelo ante mí. “Levántate”. Así lo hice; puso una toalla doblada en el sofá y me indicó que me sentara de nuevo. Tomó una brocha de afeitar y la mojó en un barreñito con agua, para seguidamente pasarla entre mis piernas.

El contacto de la brocha con mi sexo me hizo arquear el cuerpo, como si toda la impaciencia que sus manos me habían hecho sentir se hubiera acumulado allí. Pero él siguió imperturbable humedeciendo la zona con agua, y yo decidí dejarme hacer y concentrarme en las sensaciones.

Después, vino el jabón. Notaba la brocha subiendo y bajando, haciendo círculos por el monte de Venus, los labios mayores y algo más abajo. Estuvo pasando la brocha mucho más rato de lo necesario, y cada vez que me rozaba el clítoris daba un respingo. El jabón me producía una sensación extraña, fresca y picante a la vez, una especie de suave escozor. Finalmente, debió suponer que ya había suficiente, dejó de enjabonar y poco después percibí el primer contacto de la cuchilla.

La pasó despacio por toda la zona, tirando de la piel con una mano mientras la otra rasuraba, registrando bien todos los pliegues, con cuidado para no cortarme. A la vez pasaba los dedos por las partes ya afeitadas e insistía en algunos sitios. Supuse que había acabado cuando volví a sentir la brocha, esta vez sólo con agua, para retirar los restos de jabón. Por fin me secó con otra toalla y me tendió un espejo de mano. “Por si quieres ver cómo ha quedado”.

Puse el espejo ante mi sexo, ahora perfectamente suave y sin un solo vello, pero también evidentemente ansioso, hinchado y ardiente. Me retiró el espejo de las manos. “Y ahora un poco de crema, no sea que se irrite”. Tomó un pellizco de crema de un bote y con dos dedos la extendió por el pubis y los labios exteriores, con movimientos suaves y deliberados.

Yo me sentía cada vez más blanda, todas las sensaciones de mi cuerpo concentradas en aquellos escasos centímetros, ahora completamente expuestos y sensibles. La humedad no tardó en manar en gotas blancas y translúcidas que él tomó con la yema de sus dedos y esparció como si hubiera sido la crema que antes me puso para suavizarme. Cerré los ojos y dejé caer la cabeza en el respaldo del sofá. En aquel momento podía hacerme lo que quisiera, lo que se le ocurriera, toda yo estaba concentrada en aquella piel rosada e hinchada, flor mojada de lluvia. Dejé de saber dónde estaba cuando sentí la punta de su lengua acompañando a sus dedos, acariciándome el clítoris con toda la lentitud del mundo, haciéndome olvidar de todo, allí, en su sofá, sobre una toalla…

Foto: Didier Carré

A tu merced

26 Agosto, 2008

Y sigo estándolo.

Esta noche, amor, quiero que me hagas olvidarme hasta de mi propio nombre.

Quiero ser en tus manos como arcilla, quiero que sentir sea lo único que importe. Quiero que cubras mis ojos para no saber dónde recibiré tu próxima caricia. Quiero poder olerte, saborearte y aprenderte. Quiero que me invadas sin que oponga resistencia y quiero que poseas cada centímetro de piel, cada saliente y cada hueco. Quiero que me susurres al oído las palabras más obscenas y los versos más delicados. Quiero que me hagas estremecerme hasta que no me queden fuerzas y seguir pidiéndonos lo imposible hasta derramarnos por completo.

Esta noche quiero que me lo entregues todo, amor, porque yo todo te lo entrego.

Foto: Bernd Mueller

La puerta 15

23 Agosto, 2008

Como sigo algo perezosa, estos días -que de todas formas estaré desaparecida- dejaré algunos antiguos posts de A escondidas. Además, alguien demasiado delicado ha presentado una queja ante Blogger y ahora se le considera un sitio “dudoso”, así que me traigo aquí una parte, sin censuras.

A este relatillo en particular, a pesar de su ingenuidad, le tengo bastante cariño. Se me ocurrió al ver la foto de arriba, así que ninguna otra le cuadraría mejor.

Llevaba una semana viviendo en mi nuevo apartamento cuando me crucé por primera vez con mi vecino de la puerta de al lado. Coincidió que salíamos los dos a la vez de nuestros pisos, cruzamos las miradas, esbozamos sonrisas de compromiso. Él bajó la escalera detrás de mí. Al llegar a la puerta de la calle, se adelantó para abrírmela.

-Hasta luego, vecina -me dijo mientras pasaba por su lado.

A partir de entonces me lo encontré con alguna frecuencia, siempre en el rellano o en la escalera. Me sonreía, cruzábamos algún saludo o algún comentario sobre el tiempo. Parecía algo más joven que yo, solía llevar vaqueros y camisas sueltas y lucía un flequillo siempre despeinado que le daba cierto aire travieso.

Las ventanas de mi salón, si es que se puede llamar así a la habitación que hacía de cuarto de estar, comedor y estudio todo-en-uno, daban a un patio interior, afortunadamente bastante luminoso, por el cual me enteré, al poco de llegar al piso, de toda la vida y milagros del resto del vecindario, merced a los comadreos que podía oír perfectamente incluso con las ventanas cerradas. Las de mi vecino, supuse, serían las que quedaban al lado de las mías, formando un ángulo recto, pero solían estar cerradas y con las persianas echadas. Sin embargo, al cabo de unos días empecé a verlas abiertas de vez en cuando, normalmente a altas horas de la noche, cuando yo aprovechaba para estudiar o leer gracias a la disminución de los ruidos que llegaban a mi salón. Unas cortinas oscuras, sin embargo, me velaban la visión del interior de su casa, pero no pasó mucho tiempo sin que mi vecino se dejara ver ocasionalmente a través de la abertura entre ellas, siempre fugazmente, echando una mirada al patio para desaparecer en segundos. Alguna vez me vio y me hizo con la mano un gesto de saludo.

Así pasó un mes o mes y medio, mientras llegaba el verano a la ciudad, un verano pesado y caluroso como hacía tiempo que no se recordaba, sin una brizna de aire que despejara las noches o hiciera las mañanas más llevaderas. Buena parte de las horas que pasaba en casa lo hacía metida en la ducha, en un combate inútil por librarme del sudor, que convertía cualquier esfuerzo en un mundo. Una de las tardes más insoportables, me encontraba en el salón, vestida sólo con una camiseta larga, intentando decidir si me daba otra ducha o lo dejaba correr. Estaba de pie, en el centro de la habitación. Levanté la mirada hacia una de las ventanas, la única con las cortinas abiertas en ese momento. Desde ella sólo se veía la ventana de mi vecino. Abierta también. Él asomado a ella. Aún no sé por qué lo hice, pero sin pensármelo, como en un trance, tomé la camiseta por el faldón, la levanté, me la quité. Nos miramos. Cerré los ojos. Al abrirlos él ya no estaba.

No le vi en varios días, ni en la escalera ni por la ventana. Me quedaba una sensación de vergüenza por haber cedido a aquel impulso inexplicable, pero no había podido evitarlo. Justo una semana después de aquello, mientras volvía a casa tras un día especialmente largo y cansado, me lo encontré de nuevo. Pero no nos cruzamos, sino que me estaba esperando, en lo alto del tramo de escaleras que llevaba a nuestra planta. Al verme me tendió la mano, sin decir palabra. Abrió su puerta y me hizo pasar a su casa.

Para mi sorpresa, fue como si aquel espacio se encontrara fuera del calendario que regía para el resto del mundo. Las cortinas cerradas, además de filtrar la luz, teñían el aire de una tonalidad azulada, dejando ver los contornos de la habitación a través de una fresca penumbra. Se oía, como si llegara de otra estancia, el sonido de una música que no supe identificar. Nos sentamos en el centro de la habitación, sobre cojines en el suelo, uno frente a otro. Puso su mano en mi mejilla y me olvidé del calor, del cansancio y de la extraña sensación de estar allí frente a frente con un casi desconocido para el que días antes me había quedado desnuda.

La mano con la que me tocaba la mejilla empezó a acariciarme, dibujando mis contornos, como para aprenderse con el tacto lo que casi no se veía en la oscuridad, se entrelazó en mi pelo, rodeó mis orejas, siguió el perfil de mis labios hasta que los entreabrí y acercó los suyos para besarme despacio, primero tanteando con la lengua, luego más atrevido, cálido, húmedo, en tanto percibía sus manos perdiéndose debajo de mi falda, arremangándola y subiéndola hasta que con un movimiento me sacó el vestido.

Me hizo tumbarme en los cojines, otra vez desnuda ante sus ojos. No se quitó la ropa ni se dio prisa. Me recorrió entera con su lengua, despacio pero sin pausa, el pecho jadeante, el vientre tembloroso, las piernas, los brazos. El sexo húmedo, abierto y ansioso. La espalda interminablemente, las nalgas y el ano. En algún momento y sin que me diera cuenta se quedó desnudo, delgado, hermoso, expectante. Se sentó en el suelo con las piernas cruzadas y me puse sobre él, dejándome caer con toda la lentitud del mundo para clavarme en su sexo erecto, mientras me sujetaba por las caderas, sin dejar de mirarnos un instante y oyendo sólo nuestros propios jadeos y la música lejana. Dónde estaban los ruidos del patio, quién lo sabe.

Cuando salí de allí y volví al calor agobiante de mi casa ya era noche cerrada. Las ventanas volvían a estar cerradas y no las vi abrirse en los días sucesivos, ni me encontré más a mi vecino en la escalera. Terminaba ya agosto y me pregunté qué habría sido de él, quizá estuviera de vacaciones, pensé con una punzada de rabia porque no se hubiera, al menos, despedido. Ni siquiera sabía cómo se llamaba, aquella tarde no habíamos hablado prácticamente, y ni en la puerta ni en el buzón constaba rótulo alguno. Un día, armándome de valor, decidí preguntarle a la portera, como quien no quiere la cosa, si sabía algo del inquilino de la puerta 15. La portera, una mujer muy amable aunque algo socarrona, se me quedó mirando, al parecer intentando decidir si le gastaba una broma.

-¿La puerta 15, dices?

-Sí, ya sabe, un chico moreno, con flequillo, siempre lleva vaqueros…

-Me da que te confundes, guapa…

-No, seguro que no… es que me dejaron el otro día una carta en el buzón por error, y quería dársela.

Aunque parecía a punto de echarse a reír, la portera se lo pensó mejor, cogió unas llaves de la portería y me invitó a seguirla. Subimos hasta mi piso, abrió la puerta contigua a la mía y con un gesto me invitó a mirar dentro.

Sin entender muy bien de qué iba aquello, me asomé al piso. Los muebles que yo había visto seguían en su sitio, pero tapados por fundas blancas, o más bien grises, puesto que estaban cubiertas de la misma capa de polvo que el resto de la habitación. El papel de las paredes estaba descolorido y en algunos sitios hecho jirones, no había rastro de los cojines ni las cortinas, y el ambiente no podía ser más opresivo.

-¿Lo ves? Hace diez años que aquí no vive nadie. Y no me suena que en la escalera haya ningún chico como el que me has dicho.

Murmuré una disculpa aturullada y me metí en mi piso. No he vuelto a ver su ventana abierta, ni me he cruzado con el chico del flequillo, pero a veces cuando paso por la puerta 15 aún juraría que oigo esa música desconocida.

Foto: Aleksandr Shahabalov

Brindis

21 Agosto, 2008

Últimamente parece que las palabras no quieren salirme fácilmente. Por hoy dejo el blog en buenas manos, las de la poetisa María Rosal.

BRINDIS

Pongamos por ejemplo
que hoy es jueves.
Que un sol de plomo
cae tras los cristales
y recuerdo
tu mano en día de lluvia.
Digamos que estoy sola
y te deseo.
Que no hallo el escenario
donde acoplar tu imagen
con mi aliento.

Bebamos y brindemos
por la triste ironía
de estar vivos
y no poder amarnos.

Foto: Frantisek Sotja

El sofá

15 Agosto, 2008


Hoy me apetecía traer un viejo post de A escondidas. Eso, o que con este calor estoy más perezosa de la cuenta…

Aquella tarde había empezado siendo una de tantas: los amigos reunidos en un bar del casco antiguo, charla, copas, un rato agradable. Sin embargo, por una cosa o por otra todo el mundo se había tenido que ir antes de hora, y finalmente nos quedamos solos J y yo en el bar.

-Bueno, pues será cosa de irse a casa, te acompaño…

Nos pusimos las chaquetas y salimos a la calle, caminando tranquilamente. Él vivía algo más cerca del bar. Al pasar por una calle próxima a su casa, me dijo:


-Ah, por cierto, me acabo de comprar un sofá nuevo, y algunas cosillas para el piso. A ti te gusta la decoración, si quieres podríamos subir a verlo…


-Vale, por qué no, aún no es tarde…


Dicho y hecho, nos dirigimos a su portal. En el corto trayecto del ascensor no dijimos nada, notaba que me miraba algo más intensamente que de costumbre, y que estaba más cerca de mí de lo que requería el espacio. Le sonreí. Sabía lo que estaba pensando.


Llegamos a su piso, abrió la puerta, entramos, cogiéndome por los brazos me arrinconó contra la puerta y me besó hasta quedarnos sin aire, un beso húmedo, salvaje. Su mano intentaba subir por entre mis piernas, la detuve.


-Espérame en el salón.


Ahora sonrió él, y se dirigió obediente al salón. Yo ya conocía la casa, y me encaminé a su dormitorio. Sobre la cama estaba una de sus camisas, extendida. Me desnudé por completo y me la puse.


Regresé al salón, donde él ya me esperaba, sentado en el sofá; se había quitado la chaqueta y los zapatos. Me puse ante él, a la distancia justa para no tocarle. Me desabroché la camisa con toda la lentitud de que fui capaz, botón a botón, hasta dejarla caer al suelo.


Él me miraba con ojos de deseo. Podía apreciar su respiración agitada y su excitación creciente. Me agaché hasta quedar levemente por encima de su cabeza y acerqué un dedo a su frente, desde donde lo fui bajando por la nariz, los labios, la barbilla, el cuello. Tropecé con un botón de su camisa, lo desabroché con una mano. Otro, otro, y otro más.


Yo no le miraba, pero podía sentir sus leves gemidos cuando mis dedos rozaban su torso, y su mirada detenida sobre mis pechos.


Ya desabrochada la camisa, el siguiente paso requería acercarse más: me puse a horcajadas sobre él, le saqué la camisa, desabroché el cinturón y lo saqué lentamente de sus presillas, mirándole con picardía. Deslicé un dedo travieso entre el pantalón y su cintura. Desabroché el botón del pantalón, cogí la cremallera con la punta de los dedos, la bajé tan despacio como pude con un interminable risssss.


Me levanté de nuevo, y tomando a la vez el pantalón y el calzoncillo le quité ambos. Con las manos le hice abrir las piernas y me arrodillé entre ellas. Desde las rodillas mis manos bajaron hasta tocarle los pies, las pantorrillas, la cara interna de los muslos, la cara exterior hasta llegar al culo. El vientre.


Un dedo se acerca al sexo. Lo recorre explorándolo, sintiendo sus ligeros movimientos como si tuviera vida propia. Rodea la punta y vuelve a bajar. Acaricio los testículos y se los beso. Ahora es toda la mano la que toca, investiga, siente el calor, la suavidad, la dureza. Rodea el glande para aprenderse su textura y su forma y lo siente húmedo. Los labios se aproximan para besarlo, la lengua lo recorre para humedecerlo, se desliza suavamente en mi mano y entra dócil en mi boca ávida. Entra y sale, los dientes rozan un poquito la punta.


Los gemidos habían ido subiendo de tono, nos cubría el sudor, no habíamos dicho aún nada, pero los dos sabíamos que le deseaba dentro. Acerqué un puf que había por allí, le hice subir las piernas y me puse otra vez sobre él, pero ahora dándole la espalda, con las manos en sus rodillas. Su sexo estaba tan duro y yo tan húmeda que entró en mí casi sin más que acercarnos. Me quedé quieta un momento, disfrutando de la sensación de tenerle dentro, y empezando luego a moverme despacio, despacio, cada vez más rápido, sintiendo sus dedos clavados en mis pechos, en mis caderas, en mi culo, sintiéndonos jadear y gritar, sintiéndole correrse en mi interior.

Agotada, me tumbé sobre el sofá, mientras él se levantaba y salía del salón, para volver al poco rato llevando en la mano un pañuelo que yo tenía puesto ese día, uno de seda, alargado, que me había regalado precisamente él en mi último cumpleaños. Me lo quedé mirando sorprendida.

-No te preocupes -me dijo sonriente-. Si se estropea, te regalo otro…

Se acercó de nuevo al sofá, se sentó ante mí en el puf y con delicadeza me abrió las piernas y se inclinó para acariciar mi sexo, primero con los dedos, después con su lengua, explorando, recorriendo, tomando posesión de cada recoveco, y provocándome un respingo al sentir que lentamente, pero con decisión, me introducía el pañuelo en la vagina, algo más de la mitad; y después, ayudándose de mis flujos, recorría con sus dedos el camino que llevaba al ano, y suavemente y muy despacio metía el resto del pañuelo por allí; siguió lamiendo mi sexo, estimulándolo con labios, lengua, dedos, atento al temblor que anunciaba mi orgasmo, para sacarme el pañuelo a la vez y provocarme la más deliciosa corrida que recordaba yo en mucho tiempo.

Al recuperarme, pude verle sentado en el sofá, a mis pies, mirándome y acariciándome las piernas. Sólo entonces me di cuenta de que efectivamente el sofá era nuevo. Nuevo, pero ya bien estrenado…

Foto: Jean Paul Four

En otro tiempo…

13 Agosto, 2008


…alguien me decía…

me conformo con estar contigo
con que tú quieras estar conmigo
con que me busques
con que me encuentres
con que tengas ganas de mí
con que me desees

con que quieras tenerme dentro de ti….

Foto: Amanda Griffin

La pequeña muerte

7 Agosto, 2008

Lo que se puede conseguir con una voz sugerente y unas cuantas letras bien usadas.

(Vídeo realizado por Xnographics para Late Chocolate)