Chicas malas… o no tanto

20090301elpepicul_3

Noomi Rapace, quien interpreta a Lisbeth Salander en la película Girl with the dragon tatoo

Como ya me propuse en su momento, ha llegado a mi “pila de libros” la segunda parte de la trilogía Millennium de Stieg Larsson, La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina (larguísimo título para una no menos larga novela) y me puse a ella de inmediato con la intención de enterarme cómo continuaban las peripecias de Lisbeth Salander (a la que acabé cogiendo cariño después de la primera parte) y, no tanto, Mikael Blomkvist. No he salido defraudada: baste decir que me enfrasqué tanto en la lectura que el sábado por la noche no pude soltar el libro hasta terminarlo, a altas horas de la madrugada. En cuanto al argumento, me pareció mucho mejor llevado que el anterior, sin ninguna trama paralela que distraiga del hilo principal, y algunas sorpresas bien dosificadas. El estilo, igual que en la anterior, es muy sencillo, sin alardes literarios, aunque con detalles irritantes: Larsson sigue con su manía de sacar  continuamente las marcas a relucir -muy llamativo es el caso de Apple: todos los “buenos” tienen portátiles MacBook o similares, los “malos” tienen PCs del año de Maricastaña y no saben ni configurar un antivirus- y nos facilita la marca de muebles, comidas, ropa, programas informáticos y hasta de los botellines de agua que se bebe el protagonista. El siguiente pasaje habla por sí mismo:

Condujo hasta el Ikea de Kungens Kurva, donde pasó tres horas recorriendo la tienda de punta a punta y apuntando las referencias de todo lo que necesitaba. Con algunas cosas, se decidió muy rápidamente.
Compró dos sofás del modelo Karlanda, en tela de color arena, cinco sillones Poäng, de estructura flexible, dos mesitas redondas lacadas de color abedul claro, una mesa baja de centro Svansbo y unas cuantas mesas auxiliares Lack. En el departamento de estanterías y almacenaje encargó dos juegos Ivar -combinación de almacenaje- y dos librerías Bonde, un mueble para el televisor y unas estanterías de almacenaje Magiker con puertas. Lo completó todo con un armario Pax Nexus, de tres puertas, y dos pequeñas cómodas Malm.

Cama Hemnes

Cama Hemnes

Tardó un buen rato en elegir la cama, pero finalmente se decantó por el modelo Hemnes, una estructura de cama con colchón y accesorios. Como precaución, también compró una cama Lillehammer para la habitación de invitados. No contaba con recibir visitas, pero ya que tenía un cuarto de invitados, ¿por qué no amueblarlo? Total…

El cuarto de baño de su nueva casa ya estaba completamente equipado con un armario, un mueble para las toallas y una lavadora que los anteriores propietarios habían dejado. Sólo compró una cesta barata para la ropa sucia.

Lo que sí necesitaba, en cambio, eran muebles de cocina. Tras una ligera duda, se decidió por una mesa de cocina Rosfors en haya maciza y vidrio templado, así como por cuatro sillas de vivos colores.

Necesitaba muebles para su despacho y contempló asombrada algunos inverosímiles «espacios de trabajo» con ingeniosos armarios para guardar ordenadores y teclados. Al final, negó con la cabeza y encargó un escritorio Galant, de lo más normal, chapado en haya y con tabla abatible y esquinas redondeadas, así como un armario grande de almacenaje. Le costó un buen rato elegir una silla de trabajo -en la cual, sin duda, pasaría no pocas horas- y finalmente optó por una de las alternativas más caras, una del modelo Verksam.

Bueno, nadie podrá decir que no puede uno hacerse idea del resultado. En fin. Otra costumbre del autor es la de llenar la novela con párrafos enteros de información irrelevante que no hace más que engordar el libro sin aportar nada; véase el siguiente pasaje:

… durmió hasta bien entrada la tarde. Cuando se despertó olisqueó pensativamente las sábanas y constató que ya iba siendo hora de cambiarlas. Dedicó la tarde del sábado a limpiar el piso. Sacó la basura y metió los periódicos viejos en dos grandes bolsas que guardó en un trastero del vestíbulo. Puso una lavadora de ropa interior y camisetas y luego otra con vaqueros. Recogió los platos sucios, puso el lavavajillas y terminó pasando la aspiradora y fregando el suelo.

Eran las nueve de la noche y estaba empapada en sudor. Llenó la bañera y echó sales de baño a discreción. Se acomodó dentro, cerró los ojos y se puso a pensar. Cuando se despertó, ya era medianoche y el agua estaba helada. Irritada, se levantó, se secó y se fue a la cama. Volvió a dormirse casi en el acto.

Aun con esos defectos -o al menos a mí me lo parecen-, como he dicho antes, la novela se lee a gusto; engancha sin remedio y remata a la perfección la historia empezada en la primera parte sin dejar cabos sueltos demasiado evidentes, aunque también es verdad que algunas soluciones, como suele ocurrir en este tipo de literatura, quedan algo cogidas por los pelos. Mi resumen: aunque tampoco es la revolución literaria que nos han vendido, vale la pena leerla.

Previos Siguientes

Cuéntame algo