Tardes de cine

jpg_up3dsmall

Sigue el calor y la pereza estival (estos días, por si fuera poco, amenizados por el ruido de la Fórmula 1; hasta en mi casa, que no está precisamente cerca del circuito, se oye casi perfectamente). Se afronta como se puede hasta que llegue septiembre, pero una de las cosas que ayuda a sobrellevar la canícula son las tardes de cine: independientemente de lo que se vea, al menos se está fresco. Algunas de las películas que he visto en las últimas semanas, aparte de unas cuantas infantiles vistas por obligación familiar, son, como no podía ser menos, Harry Potter y el misterio del príncipe y Up.

En cuanto a la primera de ellas, me pareció bien como película, pero como suele pasar, después de haber leído la novela surgen los defectos: situaciones inventadas o desaparecidas y un trato desigual de los diferentes hilos argumentales, como por ejemplo el que da título a la película, que se trata al principio de la misma y del cual parecen olvidarse durante todo el resto para dar una explicación atropellada al final. Pero bueno, no está mal.

Up, como no podía ser menos viniendo de Pixar, es una maravillosa película, una delicia cuyos primeros minutos son sencillamente prodigiosos y que mantiene el tipo durante el resto, aunque, para mi gusto, sin llegar al nivel de Wall-e (era difícil de superar). El anciano cascarrabias y el ingenuo boy scout que la protagonizan son una de las parejas más divertidas que he visto últimamente. Por supuesto, recomendable sin reservas.

Precisamente esta última, Up, la vi en 3D, sin fiarme mucho de la experiencia (era la primera película que veía así) y quedé encantada, aunque lo cierto es que las gafas son bastante incómodas. A propósito de éstas, fui testigo de una anécdota en el cine que me dejó un poco perpleja: las gafas en cuestión las daban los acomodadores a la entrada de la sala y había que devolverlas a la salida; pues bien, justo delante de mí iba una chica con una niña, y la acomodadora le preguntó “¿Me ha dado usted las gafas?” y ella le contestó que sí de malos modos, en plan “¿Por quién me has tomado?”. Pues bien, en la misma puerta de salida había uno de esos arcos que hay a la entrada de las tiendas y que suenan cuando intentas sacar algo que lleve alarma, y al pasar la chica sonó. Así que no tuvo más remedio que sacar las gafas del bolso, donde se las había guardado, y devolvérselas a la acomodadora, con peores modos aún, y diciéndole “Ya te las he dado, ¿contenta?”. Yo me hubiera muerto de la vergüenza, pero hay gente pa tó…

Y no es la única anécdota que he presenciado últimamente en un cine, que es un sitio que da para mucho en cuanto a comportamientos “poco cívicos”, pero suelen ser todos del mismo estilo: el que hace mucho ruido comiendo o sorbiendo cocacola, el que habla por el móvil en plena proyección, el que le cuenta la película entera al de al lado, el que se pasa todo el rato riendo por chorradas… Pero ésta era de otro estilo: llego al cine y me siento en una butaca a mi gusto (sesión no numerada), más o menos centrada en la fila; a mi lado hay un hombre con su hija, y el resto de la fila vacía. Pues bien, llega una pareja con un niño y se sientan en los tres asientos al otro lado del hombre y la niña. Éste les dice que esos asientos eran para su mujer y su otra hija, que estaban comprando palomitas, y la mujer recién llegada se niega a levantarse. El incidente va creciendo en intensidad, uno que les dice que se levanten y los otros que de ahí no se mueven, y al final la familia con dos hijas se cambian de fila mientras llaman a voz en grito a los otros “gentuza” y “malas personas”. Pero el remate fue cuando la mujer que contumaz se negaba a levantarse llamó al otro matrimonio “racistas”… porque ella, de aspecto perfectamente europeo, tenía un marcado acento argentino. Yo, mientras, procuraba hacerme invisible en mi asiento, no olvidemos que estaban a mi lado…

No sé, me parece que hay gente con la piel muy fina por ahí… En fin, en el cine también se aprende, y no sólo en la pantalla.

Desgana estival

2696115532_0b94501c46

Que creo que se me nota bastante… aunque con estos calores (hasta cuarenta y dos grados en días pasados) como que es normal que no apetezca casi nada, y sumándole que estoy de vacaciones, duermo hasta las tantas… Al menos la pereza se hace más llevadera con la compañía de Spotify: hacer publicidad no es algo especialmente de mi agrado, pero reconozco que esta aplicación merece de sobra que se la elogie y propague…

Aun con la desgana, no por eso he abandonado mis lecturas pendientes. Entre ellas, cómo no, la esperadísima tercera parte de esa trilogía sueca de títulos imposibles (imposibles por culpa de la editorial, por lo visto) que lleva por nombre genérico Millennium, y cuyos dos primeros tomos ya he comentado aquí, así que no podía dejar de hablar del tercero.

Para ser sincera, La reina en el palacio de las corrientes de aire me lo he leído ya casi por una cuestión de amor propio. Larsson sigue acumulando párrafos y párrafos inútiles, sin estilo literario alguno, que la mayoría de ocasiones se limita a describir punto por punto lo que hacen los personajes, tenga relevancia o no, con toda clase de explicaciones de  los sitios por los que pasan, las cosas que hacen o los objetos que utilizan, con  sus correspondientes marcas comerciales. Un buen montón de páginas se dedica a explicar con todo lujo de detalles, aburridísimos por cierto, el funcionamiento de la policía secreta sueca; está bien que nos pongan en antecedentes de una parte importante del argumento, pero sin duda hay maneras mucho más amenas de hacerlo. Hay además una trama paralela totalmente irrelevante, salvo para reforzar, de nuevo y por si hiciera alguna falta, las ideas “feministas” del autor (luego volveré sobre ello). Vamos, que las ochocientas y pico páginas se podrían haber quedado en la mitad y no pasaría nada. El interés por la suerte de Lisbeth Salander, viendo su comportamiento, se me ha ido diluyendo hasta acabar cayéndome mal; y el protagonista masculino sigue siendo esa especie de superperiodista capaz de llegar a todas partes y enterarse de todo mucho antes que la policía, sin por ello dejar de acostarse con casi toda fémina que se le ponga por delante…

En todo caso, después de haberme leído la trilogía, con un interés que ha ido descendiendo cuesta abajo con cada libro, creo que estos tan publicitados libros contienen una segunda lectura que resulta como mínimo preocupante: la de que tomarse la justicia por propia mano resulta legítimo a la vista de la incompetencia del Estado para resolver las injusticias. Así, vemos que determinados personajes no dudan en colarse en casas ajenas, retener por la fuerza y hasta torturar a otros personajes de los que sabemos que han actuado ilegalmente, pero como la policía no es eficaz para resolver los crímenes de éstos (cuando no participa directamente de ellos) los justicieros salen inmunes y triunfantes.

Otro aspecto curioso es el “feminismo” mal entendido, a mi parecer, de Larsson: no sólo es que buena parte de la trama de la trilogía está basada en maltratos, vejaciones y otros delitos contra las mujeres y la forma en que sus autores acaban siendo ajusticiados, legalmente o a espaldas de la ley: es que en ninguno de los tres libros sale ni un solo personaje femenino que pueda ser llamado “de los malos”, todas las mujeres son, o afectadas por la maldad masculina, o vengadoras de estas afectadas. En cambio, entre los hombres hay sitio para toda clase de desviaciones y delitos: pederastas, violadores, maltratadores, explotadores infantiles, asesinos, traficantes, tratantes de blancas… Incluso el protagonista demuestra poca madurez emocional, saltando de una aventura a otra sin querer compromisos, tiene una hija de la que prácticamente no se acuerda, descuida su trabajo cuando tiene otros asuntos más importantes de los que ocuparse…

En fin, para mi gusto, un colofón irrelevante para una serie que comenzó bien y ha perdido puntos a la carrera. No creo que pase a la historia de la literatura.

(La imagen de la cabecera es un cuadro de Gino Rubert, quien ha elaborado las portadas de los tres libros de la serie. Recomiendo echarle un vistazo a su obra, entre surrealista e inquietante).