Pequeña vanidad

Vale, no es que sea una cosa como para echar las campanas al vuelo -y perdón por el chiste fácil- pero oye, que me ha hecho ilusión: la web de guías urbanas Schmap ha tomado una foto de mi Flickr -además de otras muchas de otros autores, claro- para ilustrar su guía de Valencia, en concreto, como se ve arriba, una fotografía del Miguelete desde la calle Corretgería, un punto de vista poco habitual que se me ocurrió al pasar un domingo por esa retorcida callejuela donde hace tantos años compraba los materiales para mis clases de Bellas Artes.

La foto se puede ver en su contexto aquí, e incluso hay una guía especial para Iphone, así que ya sabéis, si alguna vez venís por Valencia y se os ocurre usar esta guía, acordaos de la fotógrafa…

¿Proteger?

Protection, de Mywineinsilence (deviantart)

Protection, de Mywineinsilence (deviantart)

Si hay algo que tengo claro y creo que cualquiera debería tenerlo es que los niños son personas necesitadas de especial protección y cuidado, pero como todo en esta vida, y más en estos asuntos en que a veces nos puede la corrección política, es fácil pasarse al extremo opuesto. No hace mucho tuvimos un ejemplo con el caso de la madre a la que se condenó a más de un año de alejamiento de su hijo por haberle dado un golpe a éste; es obvio que la familia en cuestión tenía problemas educativos, y que tanto la madre como el niño necesitaban ayuda pedagógica, pero dudo muy mucho que el remedio para esos problemas fuera que pasaran un año sin verse: y el primer perjudicado, el hijo, que probablemente después de un año apartado a la fuerza de su madre hubiera acabado peor que antes. Ahora, a rebufo de la marea mediática del “caso Marta”, y como efecto colateral, nos enteramos de que la Fiscalía de Sevilla ha pedido que Telecinco indemnice con ciento treinta mil euros a la novia del presunto asesino y a una amiga de aquélla, por haber acudido, voluntariamente y con la autorización y compañía de sus respectivas madres, a varios programas de televisión donde se trataba del polémico asunto.

La verdad es que la decisión de la Fiscalía me deja un tanto perpleja. Veamos, la muchacha en cuestión fue a los programas, como he dicho, voluntariamente y acompañada de su madre y responsable legal. Obviamente, porque ya sabemos cómo funcionan las cadenas privadas, debieron de cobrar por ello. Ahora, la Fiscalía no actúa contra los padres de la chica, imponiéndoles una multa por haber expuesto a su hija al morbo y la curiosidad pública, sino que, encima, propone pagarles una bonita cantidad por ello. ¿Me he perdido algo? Curiosamente, hace unas semanas, al plantear la reforma legislativa que permitirá que las menores de dieciocho años y mayores de dieciséis puedan abortar, se daba como razonamiento que “si son lo suficientemente mayores como para tener relaciones sexuales, también lo son para abortar”. Bien, esta chica ha sido lo suficientemente mayor como para tener relaciones sexuales, para quedarse embarazada, para declarar ante todas las cámaras que le pusieran por delante en los días en que se conoció el crimen y para acudir voluntariamente a un programa de televisión (donde al parecer no dijo la verdad). No digo que las cadenas de televisión no hayan aprovechado los hechos para aumentar la audiencia, llevan años haciendo lo mismo y supongo que les produce beneficios; pero esa “pobrecita” menor y su familia también han sacado provecho de ello, consciente y voluntariamente, y encima ahora van a cobrar por ello… En fin, kafkiano.

El poder de un sufijo

A todos (con un poco de suerte) nos pasará alguna vez en la vida: te acuestas un buen día siendo un treintañero, y a la mañana siguiente te levantas convertido en un CUARENTÓN. O, peor aún, en una CUARENTONA. ¿Y qué ha cambiado de un día para otro? ¿De pronto tienes más arrugas, más canas o más dolores en las articulaciones? No necesariamente, pero de alguna mágica forma, parece que has entrado en una categoría distinta. No sé muy bien a qué se debe que a quienes están en los veinte y los treinta se les llame respectivamente veinte y treintañeros, pero no se puede negar que el aumentativo que se aplica a partir de los cuarenta transmite una nada sutil idea de exceso, de gordura, es como si repentinamente te hubieras transformado en una matrona vestida con bata de boatiné y rulos en el pelo. El mundo es así de cruel con los (sobre todo las) que traspasan la frontera: se las considera demasiado mayores para ser modelos, ya no interpretan a la protagonista de la película sino a su madre, si van a la universidad se piensa que lo hacen para pasar el rato… Y la puntilla definitiva te llega cuando un chico te dice que le gustan las “mujeres mayores” o “maduritas”… y resulta que el chico en cuestión tiene cinco años menos que tú. Y tú de pronto te sientes como si fueras Anne Bancroft interpretando a la señora Robinson en El graduado.

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Al menos, consuela un poco ver que hay mujeres que, ya pasada la barrera de los cuarenta, nos regalan la vista posando en fotografías como las que pongo aquí. Vale que Cindy Crawford y Helena Christensen pueden permitirse unos cuidados corporales con los que el resto de las mortales no podemos ni soñar, y que algo tienen que agradecerle al Photoshop, pero al menos son una buena muestra de que no todo se termina cuando cumples los cuarenta.  Incluso, a veces, se puede empezar de nuevo en muchas cosas, con el añadido de que a estas alturas lo que piensen los demás cada vez importa menos.

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Fotografías tomadas de Poprosa.

Chicas malas… o no tanto

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Noomi Rapace, quien interpreta a Lisbeth Salander en la película Girl with the dragon tatoo

Como ya me propuse en su momento, ha llegado a mi “pila de libros” la segunda parte de la trilogía Millennium de Stieg Larsson, La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina (larguísimo título para una no menos larga novela) y me puse a ella de inmediato con la intención de enterarme cómo continuaban las peripecias de Lisbeth Salander (a la que acabé cogiendo cariño después de la primera parte) y, no tanto, Mikael Blomkvist. No he salido defraudada: baste decir que me enfrasqué tanto en la lectura que el sábado por la noche no pude soltar el libro hasta terminarlo, a altas horas de la madrugada. En cuanto al argumento, me pareció mucho mejor llevado que el anterior, sin ninguna trama paralela que distraiga del hilo principal, y algunas sorpresas bien dosificadas. El estilo, igual que en la anterior, es muy sencillo, sin alardes literarios, aunque con detalles irritantes: Larsson sigue con su manía de sacar  continuamente las marcas a relucir -muy llamativo es el caso de Apple: todos los “buenos” tienen portátiles MacBook o similares, los “malos” tienen PCs del año de Maricastaña y no saben ni configurar un antivirus- y nos facilita la marca de muebles, comidas, ropa, programas informáticos y hasta de los botellines de agua que se bebe el protagonista. El siguiente pasaje habla por sí mismo:

Condujo hasta el Ikea de Kungens Kurva, donde pasó tres horas recorriendo la tienda de punta a punta y apuntando las referencias de todo lo que necesitaba. Con algunas cosas, se decidió muy rápidamente.
Compró dos sofás del modelo Karlanda, en tela de color arena, cinco sillones Poäng, de estructura flexible, dos mesitas redondas lacadas de color abedul claro, una mesa baja de centro Svansbo y unas cuantas mesas auxiliares Lack. En el departamento de estanterías y almacenaje encargó dos juegos Ivar -combinación de almacenaje- y dos librerías Bonde, un mueble para el televisor y unas estanterías de almacenaje Magiker con puertas. Lo completó todo con un armario Pax Nexus, de tres puertas, y dos pequeñas cómodas Malm.

Cama Hemnes

Cama Hemnes

Tardó un buen rato en elegir la cama, pero finalmente se decantó por el modelo Hemnes, una estructura de cama con colchón y accesorios. Como precaución, también compró una cama Lillehammer para la habitación de invitados. No contaba con recibir visitas, pero ya que tenía un cuarto de invitados, ¿por qué no amueblarlo? Total…

El cuarto de baño de su nueva casa ya estaba completamente equipado con un armario, un mueble para las toallas y una lavadora que los anteriores propietarios habían dejado. Sólo compró una cesta barata para la ropa sucia.

Lo que sí necesitaba, en cambio, eran muebles de cocina. Tras una ligera duda, se decidió por una mesa de cocina Rosfors en haya maciza y vidrio templado, así como por cuatro sillas de vivos colores.

Necesitaba muebles para su despacho y contempló asombrada algunos inverosímiles «espacios de trabajo» con ingeniosos armarios para guardar ordenadores y teclados. Al final, negó con la cabeza y encargó un escritorio Galant, de lo más normal, chapado en haya y con tabla abatible y esquinas redondeadas, así como un armario grande de almacenaje. Le costó un buen rato elegir una silla de trabajo -en la cual, sin duda, pasaría no pocas horas- y finalmente optó por una de las alternativas más caras, una del modelo Verksam.

Bueno, nadie podrá decir que no puede uno hacerse idea del resultado. En fin. Otra costumbre del autor es la de llenar la novela con párrafos enteros de información irrelevante que no hace más que engordar el libro sin aportar nada; véase el siguiente pasaje:

… durmió hasta bien entrada la tarde. Cuando se despertó olisqueó pensativamente las sábanas y constató que ya iba siendo hora de cambiarlas. Dedicó la tarde del sábado a limpiar el piso. Sacó la basura y metió los periódicos viejos en dos grandes bolsas que guardó en un trastero del vestíbulo. Puso una lavadora de ropa interior y camisetas y luego otra con vaqueros. Recogió los platos sucios, puso el lavavajillas y terminó pasando la aspiradora y fregando el suelo.

Eran las nueve de la noche y estaba empapada en sudor. Llenó la bañera y echó sales de baño a discreción. Se acomodó dentro, cerró los ojos y se puso a pensar. Cuando se despertó, ya era medianoche y el agua estaba helada. Irritada, se levantó, se secó y se fue a la cama. Volvió a dormirse casi en el acto.

Aun con esos defectos -o al menos a mí me lo parecen-, como he dicho antes, la novela se lee a gusto; engancha sin remedio y remata a la perfección la historia empezada en la primera parte sin dejar cabos sueltos demasiado evidentes, aunque también es verdad que algunas soluciones, como suele ocurrir en este tipo de literatura, quedan algo cogidas por los pelos. Mi resumen: aunque tampoco es la revolución literaria que nos han vendido, vale la pena leerla.