Crímenes y castigos

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Hay algunos temas de actualidad de los que uno no puede dejar de enterarse por más que no siga la prensa o las noticias, porque están por todas partes: uno de los que últimamente se han mostrado más insistentes es la presunta muerte, lamentable como todas las muertes y especialmente las que llegan antes de lo que por ley de vida deberían, de Marta del Castillo. Y otra vez, como ya pasó en el caso de la pequeña Mariluz, nos vemos invadidos a todas horas por cada detalle de la investigación; por los pormenores, reales o no, de la vida de la muchacha, su familia y sus posibles asesinos; por reivindicaciones más o menos chillonas de endurecimiento de castigos, cadenas perpetuas y hasta de la pena de muerte.

Soy la primera en pensar que la administración de justicia en España es francamente mejorable, pero tampoco acabo de entender esta “barra libre” que se da a las víctimas en los medios de comunicación. Haber sufrido un crimen en tus propias carnes, o en las de tu familia, da derecho -o debería darlo- a ser resarcido en lo que se pueda, asistido en lo que haga falta y ayudado tanto como se quiera, pero no da más razón de por sí, ni más conocimiento; ni la experiencia de cada uno puede hacerse inmediatamente extensible a todo el género humano. Si algún día alguien asesinara a uno de mis hijos, probablemente yo querría, no ya que el asesino se pudriera en la cárcel, sino matarlo con mis propias manos. ¿Comprensible? Sí. ¿Justo? Difícilmente.

Sin embargo, hoy por hoy ciertas víctimas -las que se prestan a ello- gozan de una especie de estatus mediático que las coloca por encima del bien y el mal. Poco importa que los padres de Mariluz permitieran que una niña de cinco años fuera sola por la calle, o que el padre de una de las niñas de Alcácer haya difamado a medio mundo y no haya aclarado el destino del dinero que en su día donó la gente para la investigación: haber sufrido lo que sufrieron se lo perdona todo y además les otorga el derecho de exigir y opinar sobre leyes y penas.

Las cosas no son tan fáciles y no todo se arregla encerrando a los criminales tras las rejas y echando la llave al mar. No es “buenismo”: también creo que hay algunos que tendrían que pasarse la vida fuera del alcance de la sociedad. Pero yo no soy quién para decidirlo y aún menos podría serlo si fuera parte interesada en el crimen. Porque eso no sería justicia sino venganza. ¿No hemos superado ya la fase del ojo por ojo?

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Tiempo ya sin ir al cine, y me saqué la espinita el sábado con la “oscarizable” El curioso caso de Benjamin Button (lástima no haber podido verla en versión original, el doblaje no me pareció demasiado bueno).  Se trata de la última película de David Fincher, director de títulos como Seven o El club de la lucha, pero no tiene temáticamente mucho que ver con ellas. La película parte de una premisa, verdaderamente, curiosa, y se basa en un relato corto de F. Scott Fitzgerald. Más curiosamente aún, allá por mis diecisiete o dieciocho años yo misma escribí un cuentecillo de dos páginas con el mismo argumento; no lo conservo, pero no me cabe ninguna duda de que no habría resistido la comparación…

La historia plantea no pocos problemas para ser llevada a la pantalla, pero creo que en general se han solventado bien y la película me pareció emocionante sin ser lacrimógena, de esas que te hace plantearte muchas cosas sobre la vida, al mismo tiempo que estéticamente muy bella, con fragmentos de auténtica poesía visual y cinematográfica (la secuencia del taxi, por ejemplo). Brad Pitt, para mi gusto, lo hace muy bien y demuestra que no es sólo una cara bonita sino que puede llevar sin problemas el peso de una película él solo, y Cate Blanchett derrocha como siempre elegancia por todos los poros. En resumen, que me gustó mucho y la recomiendo sin reservas.