El poder de unos ojos

Ayer, a los ochenta y tres años, nos dejó la mirada más azul del cine del siglo XX. Paul Newman no era sólo un hombre con unos ojos hermosos, sino un buen actor y, dicen, una gran persona. Descanse en paz.

Foto: Sid Avery, vía IMDB

Suelta amarras

Dentro de veinte años te arrepentirás más de las cosas que no hiciste que de las cosas que sí llegaste a hacer. Así que suelta amarras. Sal a todo trapo de la seguridad de esta bahía. Hincha tus velas con vientos de cambio. Explora. Sueña. Descubre.

Mark Twain, citado en Papel en blanco

Foto: Alex Koloskov

Tarde (lluviosa) de domingo

Tarde otoñal ya, de pleno derecho, que al final me ha quedado bastante redondita. Primero, visita a la FNAC (benditas sean las librerías que abren en domingo), que es un sitio que me encanta pero de donde siempre salgo con cabreo porque no me puedo llevar media tienda, y aún más desde que tienen sección dedicada al merchandising friki (le tengo echado el ojo a una figura de Sylar, pero no me acaba de convencer, no se le parece demasiado…). Luego, un frappuccino en Starbucks. Vale que es un sitio caro -abusivamente caro- y que tiene un aire cool que tira de espaldas, pero a mí me encanta, no sé por qué me resulta acogedor. Y, por último, cine, que ya hacía tiempo que no iba y mi querido Woody Allen acaba de estrenar… pero esta vez, ay, con pinchazo.

Para mi gusto, claro. Como ya dije hace tiempo, el título de la película -Vicky Cristina Barcelona- me parece horroroso, aunque resume de maravilla lo que es el argumento: dos turistas norteamericanas pasando el verano en España, cada una con su concepción del amor contrapuesta a la de la otra, y Barcelona. La película es un enorme publirreportaje de la Ciudad Condal a la que dan ganas de irse a vivir ya mismo (y qué casas se gastan todos, y qué coches tienen, y a menudos restaurantes van), y también, en menor medida, de Oviedo. Se nota quién ha puesto los dineritos para la producción. En cuanto al resto, me ha parecido un Allen menor, muy, muy menor, que no termina ni de ser una comedia -muy poquitos puntos graciosos, y casi todos a cargo de Penélope Cruz- ni un drama porque la peripecia de las dos amigas, el pintor y su neurótica ex mujer no hay quien se la crea. Aparte de eso, una voz en off absolutamente irritante y la sensación de que la película se alaaaaaaarga sin llegar a ningún sitio. En resumen, para mí: psscht. Otra vez será, Woody.

Toma el dinero y corre

Cada vez que veo una fotografía de este señor con cara de turista despistado, me lo imagino instalado en alguna mansión escondida en el campo inglés, descojonándose vivo al ver que alguien con muy poco gusto y mucho dinero está dispuesto a pagar trece millones de euros por una vaca conservada en formol o setenta y ocho millones por una calavera cubierta de diamantes. Bueno, es un artista, se dirá. Eso es una apreciación muy personal, desde luego; pero, por un lado, el único trabajo que pone Damien Hirst en sus obras es la idea, puesto que de la ejecución se encarga un amplio equipo de operarios a su servicio; y por otro, el profundísimo significado que ocultan sus obras, que vuelven obsesivamente sobre el tema de la muerte una y otra vez, está más que manido y resulta tan obvio que ya no mueve a meditación. Claro, es mi opinión; pero el mercado es una cosa y el público es otra, y los que compran estas obras seguramente no lo hacen para mirarlas ni porque les gustan, sino porque Hirst está de moda y probablemente en unos años sus piezas aún tengan un precio más alto. El arte como inversión. Qué lejos quedan aquellos artistas medievales que ni siquiera firmaban sus obras.

¿Inspiración o…?

Hace algunos años, en la época dorada del grupo Héroes del Silencio, me gustaba bastante su música. Me parecían originales, y de una calidad superior a la media. Sin embargo, con el paso del tiempo, y como suele pasar con los grupos que tienen un líder más o menos “carismático”, Héroes se quedó pequeño para el arte y el ego de Enrique Bunbury, y he aquí que éste pasó a ser una especie de multiartista que lo mismo te canta una ranchera que te monta un circo. Esta etapa postheroica no la he seguido demasiado de cerca, la verdad es que creo que a Bunby le sobran ínfulas, aunque lo que hace debe ser muy bueno porque tiene una legión de seguidores que le defienden a capa y espada. Una buena muestra de ello la hemos tenido estos días en que ha salido a la luz un caso de lo que algunos definen como “plagio” y otros, incluido él, de “inspiración artística”. Parece que Bunbury ha tomado varios versos de Pedro Casariego para sus canciones, casi al pie de la letra, y él, lejos de reconocerlo, saca pecho y dice, más o menos, que él es un artista y se inspira donde quiere (ah, y de paso se compara con Bob Dylan, como el que no quiere la cosa…). Sí señor, con un par. Poco le ha faltado para decir que era culpa del programa informático…

En fin, sea plagio o no, aquí dejo un poema de Pedro Casariego, acompañado de una fotografía de Grace Oh. A cada uno, lo suyo.

Tu cama
fría y pedregosa
es el lecho de un río:
Eres río
eres río que llora
bajo mis abrazos de madera
madera que flota
madera que no sabe penetrar
eres río
eres río que se desborda
eres río y en mis labios
en mis labios desembocas.

Impresiones de viaje (II)

Día siguiente

Me levanto temprano, aunque sin exagerar. Cuando voy de viaje prefiero no levantarme muy tarde y desayunar en algún sitio que no sea el hotel; me gusta ver cómo se despiertan las ciudades, la luz de las horas tempranas de la mañana, la actividad de la gente que va al trabajo, las tiendas que se abren. Me gusta sentarme a desayunar en alguna terraza y mirar el ir y venir. En la Plaza Mayor hay mesas puestas en la calle; pero el sol ya pica lo suyo y no me queda otra que meterme en una cafetería. Lamentablemente, no he elegido demasiado bien; mira que no debería ser muy difícil hacer unas tostadas en condiciones, pero éstas están tan duras que creo que ellas solas van a provocar que necesite un par de visitas al dentista.

Mi siguiente parada va a ser en una zapatería, para conseguir algún calzado más cómodo que el que llevo ahora mismo. Por suerte estoy en plena zona comercial y además en época de rebajas, así que no me cuesta demasiado encontrar una tienda donde conseguir lo que quiero. Mientras estoy entretenida con pruebas, entra en la tienda una señora empeñada en que le devuelvan el dinero de unos zapatos que compró allí y que según ella no pueden ser de piel porque han perdido color en algún sitio. No convence a la dependienta, sale el dueño y sigue sin convencerle, me quedo sin saber cómo acaba la discusión porque ya he pagado y no es cosa de quedarme allí en plan espectadora.

Ya acomodada sobre mis sandalias nuevas puedo lanzarme a recorrer las calles sin problemas, y eso hago. Hoy ya no necesito planos; se trata de vagar buscando rincones, de volver a pasar por los sitios que ayer me llamaron la atención, de perderse sin rumbo fijo, de cambiar de ruta siguiendo el reclamo de un campanario (con sus nidos de cigüeña…), una espadaña o una callejuela empedrada. Las zonas antiguas de las ciudades suelen ser laberínticas pero no muy grandes, de manera que por más vueltas que dé acabo saliendo a algún sitio familiar. Sigue haciendo mucho calor y habiendo mucha gente. Bajo hasta el río y acompaño un trecho su curso; siempre me han gustado las ciudades cruzadas por un río, resulta relajante esa presencia de la naturaleza entre lo urbano.

Una callejuela al lado del Ayuntamiento, llena de bares y pubs, ahora cerrados y silenciosos, pero obviamente un hervidero de gente los fines de semana. Un elaborado graffiti, casi un trampantojo, en la pared de una casa ante el mirador. Los arabescos de la reja de un monasterio, que llaman mi atención sin saber por qué…

Comer

No he desayunado mucho y con tanto andar se me ha despertado el hambre relativamente pronto. Así que empiezo a fijarme en los restaurantes, que como es lógico no escasean en la zona. Hay uno de buen aspecto, que en su puerta ofrece un menú bastante caro y otro más económico, me decido por él. Me conducen al comedor y empiezo a temerme que tampoco ahora he elegido bien: el menú económico parece ser que sólo se sirve en la barra. La carta no es muy extensa, pero los platos parecen apetecibles. Música de jazz, cristalería Riedel, carta de aguas. Ay, ay.

Pido salmón relleno y el camarero me pregunta por el segundo plato, lo cual no hace sino aumentar mis temores. En efecto: el salmón relleno en cuestión ocupa sobre el enorme plato más o menos lo mismo que una brocheta y no es más que unos rollitos hechos con tiras de salmón ahumado rodeando un pellizco de queso fresco. En fin, mejor eso que nada, así que doy buena cuenta del salmón y de todo el pan. La carta de postres no es corta, pero sigue el mismo criterio de poner unos nombres larguísimos para unas raciones, como luego veo, escasas. Eso sí, el plato en el que me traen el helado de limón es aún más grande que el anterior.

Pago la cuenta casi sin mirar el precio y salgo nuevamente a la calle, ahora casi desierta. Aprovecho para acercarme a la estación de ferrocarril a sacar los billetes de vuelta, pero me entero de que mi única opción para volver a Valencia pasa por salir a las cuatro de la mañana… Ejem, como que no. Finalmente decido volver en autobús, sin que haya ningún problema de horarios.

Volver

Paso el resto de la tarde callejeando con calma y haciendo las últimas fotos. A la hora del crepúsculo vuelvo hacia la catedral a ver las cigüeñas y a disfrutar de la brisa que sube del río. Es lunes por la noche y el sitio donde ayer me tomé el batido está cerrado; lástima. El cansancio me puede y me acuesto temprano.

El viaje de vuelta se parece mucho al de la ida… tanto, que el conductor del trayecto hasta Madrid nos pone la misma película que ya vi (padecí) a la ida. Argh. A media tarde llego a Valencia. Sólo he estado dos días fuera, pero me han parecido más. Necesitaba escaparme…

Impresiones de viaje (I)


¿Una ventana a ninguna parte?

Primera escapada

Salgo de casa a las siete y media y lo primero que me encuentro nada más abrir la puerta de la calle es un hombre justo delante, acuclillado entre dos coches y haciendo lo que por lo visto no ha podido hacer en algún cuarto de baño más apropiado. Gajes del domingo por la mañana, me digo, esperando que no sea un presagio del resto del viaje.

El viaje

Por suerte, encuentro enseguida un taxi que me lleva a la estación de autobuses y a las ocho estoy subida en el autobús con destino Madrid. Pensaba hacer todo el trayecto en tren, pero no he sacado los billetes con suficiente antelación y me he visto obligada a hacer cada mitad del viaje en un transporte distinto. El autobús es bastante cómodo; intento dormir pero el conductor ha decidido que nos distraigamos con una insípida -y muy ruidosa- película infantil. Increíblemente, termino durmiéndome.

Ya en Madrid, dispongo de una hora para hacer el transbordo, pero la paso casi completa en el Metro entre la estación de autobuses y Chamartín. El tren llega puntual; no he tenido más remedio que comprar un billete de primera clase, no había más plazas. Nunca había viajado en primera, y me llevo una desilusión: a cambio de pagar un treinta por ciento más lo único que obtengo es un asiento para mí sola, con bastante sitio para las piernas, eso sí. Ni siquiera me invitan a un café. La comida… mejor no recordarla.

Por fin, con veinticinco minutos de retraso, el tren llega a su destino.

La ciudad

Nada más bajar del tren tengo la sensación de haberme metido en un horno. Si esperaba una temperatura más fresquita, por aquello de estar al norte, me he de desengañar rápidamente… y buscar la sombra porque el sol castiga de lo lindo. En la estación no encuentro ningún plano de la ciudad; el día anterior sí que había mirado uno en Google, pero no se me ha ocurrido imprimirlo, así que tengo que guiarme a ojo. Nota mental: algún día tendré un móvil con GPS.

Por suerte no tardo mucho en localizar el centro, así que aprovecho para acercarme por la Oficina de Turismo, donde podré conseguir el ansiado plano. Un chico muy amable me lo facilita y me recuerda que los lunes todos los centros culturales y monumentos están cerrados. Nota mental 2: no volver a hacer turismo en lunes.

Pero bueno, de momento aún es domingo, así que después de dejar mis cosas en el hotel me cambio de ropa y salgo a dar un paseo. Sigue haciendo calor, pero las callejuelas estrechas del centro y las plazoletas con árboles invitan a demorarse. Doy una vuelta por la Plaza Mayor, me acerco hasta la Catedral rodeada de turistas, contemplo el río desde los miradores. Me empiezan a doler los pies; no es raro, me he dejado en casa los zapatos más cómodos y éstos no están hechos para caminatas. Nota mental 3: necesito una agenda para no olvidarme de estas cosas. Qué narices, necesito una mente nueva.

Me tomo un descanso en la plaza de la Diputación, mientras saboreo una cerveza muy fría a la sombra de los árboles. Observo a la gente que pasa; los turistas se notan porque llevan cámaras de fotos, pero es obvio que la mayoría son españoles; bueno, también hay algún japonés. En todas partes hay japoneses.

Paso el resto de la tarde vagando por la zona antigua, localizando lugares que mañana miraré con más detalle. Se va haciendo de noche, así que paso por el hotel de nuevo a refrescarme un poco y salgo a buscar algún sitio para cenar. Rumbo a la Plaza Mayor me sorprende un ruido extraño que no sé identificar, parece como si estuvieran haciendo obras, picando algo… ¿un domingo por la noche? Al llegar a la Catedral se desvela el misterio: son las cigüeñas, de día no había ni una sola, pero ahora el cimborrio de la Catedral está repleto de ellas, haciendo con sus picos ese sonido característico. Nunca había visto tantas juntas…

Después de algunas vueltas mirando restaurantes aquí y allá, con no demasiada hambre y mucho calor, al final decido que no me apetece una cena en toda regla, y vuelvo hacia el hotel pensando en acostarme pronto. Paso por delante de un sitio que me llama la atención, un escaparate prolijamente decorado promete batidos, tés y zumos. Vaya, eso ya me apetece más. Entro y me siento en una de las pequeñas mesas; el local tiene un ambiente que no acaba de decidirse entre lo decadente y lo tradicional. Muchos objetos y muchas cortinas, tanto es así que la camarera ni me ha visto, escondida tras alguna revuelta de la barra. Me tomo un batido que me sabe a gloria: creo que el mejor que he tomado nunca. Parece una tontería, pero a veces estos placeres insignificantes dejan una huella perdurable.

Por fin, con los pies suplicando clemencia (los tacones y los adoquines se llevan fatal) y aún con el bochorno en el ambiente, regreso a mi habitación del hotel. Ha sido una buena elección: amplia, acogedora, una cama grande y un baño bien provisto. Las sábanas se deslizan dulces y limpias, me duermo enseguida. Mañana más.

(continuará…)

Cosas de por ahí

Un fin de semana sin salir puede resultar muy aburrido, pero al menos da la oportunidad de hacer algún que otro descubrimiento en la red. Para empezar, un video muy curioso, encontrado en WTFMicrosiervos:

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El otro video es una muestra de la música de un grupo islandés que no conocía (bueno, de nombre sí, pero no los había oído antes): Sigur Rós. Me ha encantado. Visto en el blog Escritos en la cresta de una ola.

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Vuelta al cole

Qué le vamos a hacer, pasó el mes de agosto y se acabaron las vacaciones, aunque con el calor que está haciendo esta noche nadie lo diría. Eso sí, los amaneceres son más fresquitos, lo que siempre se agradece cuando hay que salir de casa para ir al duro trabajo. Ya de vuelta de mis escapadas, retomo mis paseos por el patio y el escondite, que aquí donde los veis cumplen ya un añito; siempre prometiéndome ser buena y actualizar más a menudo, pero siempre más vaga de lo que debería.

Por cierto que al volver al patio me he encontrado con que he tenido que barrer bien la hojarasca… en forma de ataque virulento y desmedido de spam (con la ilusión que me había hecho encontrarme cincuenta comentarios nuevos…). Eso sí, la verdad es que mirando la basurilla en cuestión puede uno encontrarse auténticas joyas. Digo yo que si los spammers se molestan en incluir en sus retahílas frases como “parche genérico para la libido femenina”, “condones de intensidad kamasutra” o “modelador barato para el pecho” será porque hay gente que las busca, ¿no? Por cierto que otro día escribiré sobre algunas búsquedas de Google que han terminado en esta página… hay gente que está muy mal, definitivamente.

En fin, quedáis invitados a un trocito de tarta. El champán lo dejamos para mi cumpleaños.