Pasan los días

Pasan los días, casi sin darme cuenta, y ya estamos bien instalados en el verano que ha entrado tras una primavera rara y lluviosa. Ahora mismo estoy escribiendo con el sonido de fondo de los cohetes que tiran aquí y allá para celebrar la victoria española en el fútbol; no he seguido el partido, pero como para no enterarse del resultado… He estado algún tiempo sin internet en casa, y mi frecuencia posteadora se ha resentido todavía más de lo que era habitual en mí, aunque quizá el verano, que viene con más tiempo libre, lo remedie un poco. No me faltan ideas e incluso tengo borradores a medias, pero por alguna razón nunca termino de perfilarlos, de encontrarlos redondos; quizá ando últimamente demasiado entretenida en las cosas de la vida real como para dedicarme a las de la virtual. Pero no creo que termine de romper nunca el hilo que me une a este patio: hay demasiado de mí en él como para abandonarlo.

Foto: Ann Mei

Patadas al diccionario

Desde luego, no se puede decir que estos políticos no sean cumplidores: como ya amenazaron durante la campaña electoral, el lenguaje se renueva y se adapta a los nuevos tiempos. La flamante Ministra de Igualdad, Bibiana Aído (qué raro que no se haya cambiado el apellido por Aída) compareció ayer en el Congreso de los Diputados para anunciar las medidas que su recién creado ministerio ha puesto en marcha para fomentar la igualdad y combatir la discriminación. A tal efecto, utilizó durante su comparecencia expresiones tan políticamente correctas como “El informe de evaluación de los tres años de la Ley Integral se presentará a finales de mes en el Consejo de Ministros y Ministras”; “Serán políticas diseñadas con la participación real de las y los jóvenes y en permanente diálogo con ellas y ellos”; “Es una verdad celebrada y compartida por todos y todas…”. Ahora, que la perla fue un esplendoroso “miembros y miembras de esta Comisión”. Sin comentarios…
Ahora, que lo que más me ha gustado es el anuncio de la puesta en marcha de un teléfono en el que los hombres violentos puedan canalizar su agresividad para evitar que la dirijan hacia sus parejas. A partir de ahora, seguro que todos los maltratadores se lo pensarán dos veces antes de dar una paliza a su compañera: marcarán el teléfono en cuestión y después de soltar unos cuantos improperios seguro que se quedan satisfechos y más suaves que la seda. Lo que no sé es si yo también podré llamar a ese teléfono cuando me entren ganas de estrangular al plasta de mi jefe… Ah, no, que yo soy una chica, no tengo impulsos agresivos…

Otra del chico con látigo y sombrero

Diecinueve años han pasado desde la última vez que me metí en una sala de cine, armada de un paquete de palomitas, a ver una película de Indiana Jones. Aquella vez Indy iba acompañado de su padre, en esta ocasión es Indy el que se ha convertido en papá, aunque, todo hay que decirlo, lleva considerablemente bien la edad. Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal es la última entrega (por ahora, seguro que habrá más…) de este personaje que se ha convertido más bien en un icono, uno de esos clásicos que definen por sí mismos el cine de aventuras. En esta ocasión los malos son los rusos, en un ambiente de guerra fría que en algunos momentos de la película nos hace acordarnos de otros hechos muy actuales. Se ha criticado mucho que el guión está lleno de errores, que no se ha cuidado la ambientación, que sobran situaciones y personajes… La verdad es que en más de un momento de la película te quedas con cara de “se han pasado tres pueblos”, pero el conjunto, creo yo, se mantiene con dignidad, resulta divertido y consigue recordarnos el sabor de ese cine clásico de aventuras del que hablaba antes, en buena parte gracias a la cantidad de homenajes a otras películas, de la serie de Indy o no, que contiene.

En el lado negativo, no me ha gustado el final, aunque sabiendo que el director es Steven Spielberg uno puede temerse por dónde van a ir los tiros… Aun así, vale la pena una visita al cine para verla. Y no olvidar las palomitas.