Libros para todos los días

Ayer, día 23 de abril, fue el Día del Libro, y aunque con un poco de retraso, me sumo a la celebración con mi particular lista de libros imprescindibles. Puede que no sean los mejores que se han escrito, pero todos, por una razón o por otra (algunas extraliterarias), son importantes para mí. Sin ningún orden en particular, ahí van:

- El amor en los tiempos del cólera, de Gabriel García Márquez. Una de las historias de amor más bellas que he leído nunca.
- Las normas de la casa de la sidra, de John Irving. De esos pocos libros que te hacen replantearte muchas cosas.
- El Señor de los Anillos, de John R.R. Tolkien. Lo descubrí a los quince años y desde entonces vuelvo a él periódicamente.
- La historia interminable, de Michael Ende. Un placer y no sólo para niños.
- Historia de O, de Pauline Réage. El amor y la entrega desde otro punto de vista.

En realidad podría poner bastantes más, pero creo que estos se merecen los primeros puestos. ¿Y vosotros? ¿Cuáles son vuestros imprescindibles?

Retratando el ego

Desde el pasado día 17, se puede ver en Madrid (Galería Cámara Oscura, hasta el 31 de mayo) la primera exposición en España de una artista cuya fama ha surgido directamente de Internet, Miss Aniela, seudónimo de la británica Natalie Dybisz, cuya obra se caracteriza por estar compuesta totalmente de autorretratos, muchos de ellos con un claro componente erótico.

Como era de esperar con esos presupuestos, Natalie se ha hecho muy famosa entre los internautas, que no sabemos si buscan la calidad artística o el morbo de ver a una mujer, ciertamente agraciada, que vuelca en público su intimidad. Así, también se ha visto criticada por las feministas (¿hay algo que no critiquen las feministas?) y por cantidad de aficionados que la consideran una egocéntrica cuyas fotografías no tienen más interés que el de la carne que muestran.

Yo la verdad es que no entiendo muy bien que al hablar de esta chica se destaque precisamente el hecho de que se autorretrate, o más bien, no entiendo el que sea conocida precisamente por eso. Hay muchísimos artistas que se utilizan a sí mismos como modelos, por ahorrar, porque les sirve como ayuda (hace unos días hablé del caso de David Nebreda) o, por qué no, por egocentrismo. También hay otras mujeres que se fotografían y muestran su obra al público (yo también he puesto fotos mías en mi otro blog alguna vez…) y nadie las llama exhibicionistas, narcisistas y pornográficas; en fin, que no veo por ningún lado el motivo de crítica… y sí bastante hipocresía.

 

El revés de la magia

Sarima miró, y aunque su habilidad para la lectura era ínfima, quedó boquiabierta con lo que vio. Las letras flotaban y se reordenaban en la hoja, como dotadas de vida propia. Parecía como si la página cambiara de idea mientras la estaba mirando. Finalmente, las letras se aglomeraron en un gran nudo negro que recordaba un hormiguero. Después, Elphaba pasó la página.
-Mire, esta sección es un bestiario.
Había elegantes y difuminados dibujos en rojo sangre y pan de oro, que constituían el alzado frontal y trasero de lo que parecía ser un ángel, con notas en delicada escritura sobre los aspectos aerodinámicos de la santidad. Las alas se plegaban hacia arriba y hacia abajo, y el ángel sonreía en una versión descarada de la beatitud.

Esto es un fragmento del último libro que he terminado (bueno, alternándolo con Harry Potter y las Reliquias de la Muerte…), Wicked, Memorias de una bruja mala, de Gregory Maguire. La particularidad del este libro es que es una versión, digamos, desde otro punto de vista, de El Mago de Oz, el clásico de L. Frank Baum. Aquí, la Bruja mala del cuento original es “menos mala”, y es la protagonista de la historia desde el principio, y el Mago, la Bruja Buena y Dorothy tienen características bastante inesperadas. No es un libro infantil en absoluto; está situado en un mundo fantástico, con animales parlantes y magia, pero la narración es totalmente “adulta”; hay sexo, política y violencia (tampoco en exceso). Narrativamente está bien, pero al menos a mí no me ha terminado de enganchar, de hecho he tardado en leerlo bastante más de lo habitual en mí. Aún así, resulta curioso, sobre todo si conoces la historia original.

Adicionalmente y aunque parezca una tontería, la edición que yo he leído, la del Círculo de Lectores, tiene una portada bastante más fea que la de la original española, de Planeta, que es como la que he reproducido arriba. Es una manía personal, pero yo en los libros no miro sólo el contenido…

Culpas ajenas

El otro día, leyendo una reseña sobre la película Dogville, de Lars Von Trier (la crítica está hecha medio de coña, pero tiene su miga…), me llamó la atención un párrafo de la misma que habla sobre la responsabilidad que tenemos las personas sobre nuestros actos y la costumbre de algunos de echarse encima las culpas de los demás. A veces creo que me pasa eso mismo: cuando una persona a la que quiero tiene un problema, lo asumo como propio y me llego a preocupar por solucionarlo incluso más que el afectado. Recientemente me ha pasado eso mismo, a cuenta de un pequeño lío en el que se ha metido una persona muy cercana a mí, y que creo que me ha costado más dolores de cabeza que a él mismo. Debe ser que tengo un carácter demasiado maternal, me parece. ¿Dónde estará el punto justo? ¿Dejar a los demás que hagan lo que tengan que hacer y aprendan de sus errores, o evitar que lleguen a cometerlos?

Imagen: “Madre e hijo”, Osvaldo Guayasamín