19 Jun 2010
por Anaïsen Esas cosas con letras

Shooting star, de Pumpkin Girl (Deviantart)
In memoriam José Saramago, escritor portugués. 1922-2010.
En medio de la paz nocturna, entre las ramas altas del árbol, una estrella se me aparecía, y después, lentamente, se escondía detrás de una hoja, y, mirando en otra dirección, tal como un río corriendo en silencio por el cielo cóncavo, surgía la claridad traslúcida de la Vía Láctea, el camino de Santiago, como todavía le llamábamos en la aldea. Mientras el sueño llegaba, la noche se poblaba con las historias y los sucesos que mi abuelo iba contando: leyendas, apariciones, asombros, episodios singulares, muertes antiguas, escaramuzas de palo y piedra, palabras de antepasados, un incansable rumor de memorias que me mantenía despierto, el mismo que suavemente me acunaba. Nunca supe si él se callaba cuando descubría que me había dormido o si seguía hablando para no dejar a medias la respuesta a la pregunta que invariablemente le hacía en las pausas más demoradas que él, calculadamente, introducía en el relato: «¿Y después?» Tal vez repitiese las historias para sí mismo, quizá para no olvidarlas, quizá para enriquecerlas con peripecias nuevas. En aquella edad mía y en aquel tiempo de todos nosotros, no será necesario decir que yo imaginaba que mi abuelo Jerónimo era señor de toda la ciencia del mundo. Cuando, con la primera luz de la mañana, el canto de los pájaros me despertaba, él ya no estaba allí, se había ido al campo con sus animales, dejándome dormir. Entonces me levantaba, doblaba la manta, y, descalzo (en la aldea anduve siempre descalzo hasta los 14 años), todavía con pajas enredadas en el pelo, pasaba de la parte cultivada del huerto a la otra, donde se encontraban las pocilgas, al lado de la casa. Mi abuela, ya en pie desde antes que mi abuelo, me ponía delante un tazón de café con trozos de pan y me preguntaba si había dormido bien. Si le contaba algún mal sueño nacido de las historias del abuelo, ella siempre me tranquilizaba: «No hagas caso, en sueños no hay firmeza». Pensaba entonces que mi abuela, aunque también fuese una mujer muy sabia, no alcanzaba las alturas de mi abuelo, ése que, tumbado debajo de la higuera, con el nieto José al lado, era capaz de poner el universo en movimiento apenas con dos palabras. Muchos años después, cuando mi abuelo ya se había ido de este mundo y yo era un hombre hecho, llegué a comprender que la abuela, también ella, creía en los sueños. Otra cosa no podría significar que, estando sentada una noche ante la puerta de su pobre casa, donde entonces vivía sola, mirando las estrellas mayores y menores de encima de su cabeza, hubiese dicho estas palabras: «El mundo es tan bonito y yo tengo tanta pena de morir».
Fragmento del discurso de aceptación del Premio Nobel, 1998
22 Abr 2010
por Anaïsen Cosas de la vida, Esas cosas con letras

Monica Bellucci, víctima de la alienación machista.
Te lo digo de verdad, Bibiana: mira que es difícil ser chica hoy en día. Como bien se encargó de remarcar el otro día en su blog José María Izquierdo, basta con que una mujer abra la boca para que se le eche encima toda la caverna racista, machista, fascista y alcohólica (le faltó decir que del Atleti, como Torrente) que no soporta que una miembra del bello débil sexo femenino haya llegado a un puesto tan alto por sus propios méritos y la critica, por no tener más motivos, por haber nacido con cromosoma XX.
Y yo, que creo muy en serio que eres una mujer inteligente (porque si no no habrías llegado a ministra, ¿no es cierto?) pienso que lo que ocurre es que te tienen muy mal aconsejada. Es lo que trae dedicarse a la política: con tanto asistir a inauguraciones, congresos, almuerzos de trabajo y actividades de diverso pelaje, queda poco tiempo para ver las cosas que pasan en la calle, y tiene una que fiarse de lo que le dicen sus asesores. Afortunadamente, éstos trabajan con estadísticas totalmente fiables y para nada manipuladas, pero de una manera o de otra, no sé por qué, cada vez que dices algo sube el pan, Bibiana.
En cualquier caso, yo te ofrezco mi apoyo desinteresadamente, Bibiana. No puede ser que la caverna racista, machista, etc. siga campando a sus anchas y difundiendo por ahí noticias manipuladas que luego tu ministerio tiene que ir aclarando porque los muy reaccionarios no te comprenden y se burlan de ti por ser chica. Incluso se atreven a decir que tu ministerio es inútil: con todo el esfuerzo que haces en temas relacionados con la educación (huy, si ya hay un ministerio que se dedica a eso), la sanidad (anda, hay otro) y la justicia (ups)… Bueno, pues eso, que haces muchísimo esfuerzo.
Tomemos por ejemplo el asuntillo ese de los cuentos infantiles: una buena muestra de que la gente no te comprende. Con muy buen criterio, hace poco tu departamento ha presentado una campaña sobre “Educar en igualdad”. Hacía muchísima falta, ya que en los colegios jamás se habla sobre ese tema, ni sobre la solidaridad, la amistad, etc. Por supuesto, hoy por hoy, desgraciadamente, en las aulas las niñas han de ceder el paso a sus compañeros, esperar a que ellos hablen para poder decir algo y además deben limpiar lo que ensucien los chicos mientras éstos juegan al fútbol y hacen sus cosas de hombres. Entre los recursos de la campaña, hay un cuaderno de actividades en el que se remarca que los cuentos tradicionales aumentan las diferencias de género, ya que todas sus protagonistas son jovencitas que esperan, totalmente pasivas y bordando pañuelos (o durmiendo a pierna suelta, como la Bella Durmiente) a que llegue el príncipe azul y les saque las castañas del fuego.
Pues bien, los muy cavernarios se han atrevido a decir que quieres vetar los cuentos de toda la vida, tendrán valor. Pero por suerte, no estás sola en tu objetivo: hace unos años, un visionario autor llamado James Finn Garner, afrontando la incomprensión del mundo por atreverse a darle la vuelta al tabú, publicó un libro titulado “Cuentos infantiles políticamente correctos” que a partir de ahora debería ser de lectura obligatoria en los colegios. Y en tu ministerio, añadiría yo.
Érase una vez una persona de corta edad llamada Caperucita Roja que vivía con su madre en la linde de un bosque. Un día, su madre le pidió que llevase una cesta con fruta fresca y agua mineral a casa de su abuela, pero no porque lo considerara una labor propia de mujeres, atención, sino porque ello representa un acto generoso que contribuía a afianzar la sensación de comunidad. Además, su abuela no estaba enferma; antes bien, gozaba de completa salud física y mental y era perfectamente capaz de cuidar de sí misma como persona adulta y madura que era.
Así, Caperucita Roja cogió su cesta y emprendió el camino a través del bosque. Muchas personas creían que el bosque era un lugar siniestro y peligroso, por lo que jamás se aventuraban en él. Caperucita Roja, por el contrario, poseía la suficiente confianza en su incipiente sexualidad como para evitar verse intimidada por una imaginería tan obviamente freudiana. De camino a casa de su abuela, Caperucita Roja se vio abordada por un lobo que le preguntó qué llevaba en la cesta.
-Un saludable tentempié para mi abuela quien, sin duda alguna, es perfectamente capaz de cuidar de sí misma como persona adulta y madura que es -respondió.
-No sé si sabes, querida -dijo el lobo-, que es peligroso para una niña pequeña recorrer sola estos bosques.
Respondió Caperucita:
-Encuentro esa observación sexista y en extremo insultante, pero haré caso omiso de ella debido a tu tradicional condición de proscrito social y a la perspectiva existencial -en tu caso propia y globalmente válida- que la angustia que tal condición te produce te ha llevado a desarrollar. Y ahora, si me perdonas, debo continuar mi camino.
Caperucita Roja enfiló nuevamente el sendero. Pero el lobo, liberado por su condición de segregado social de esa esclava dependencia del pensamiento lineal tan propia de Occidente, conocía una ruta más rápida para llegar a casa de la abuela.
Tras irrumpir bruscamente en ella, devoró a la anciana, adoptando con ello una línea de conducta completamente válida para cualquier carnívoro.
A continuación, inmune a las rígidas nociones tradicionales de lo masculino y lo femenino, se puso el camisón de la abuela y se acurrucó en el lecho.
Caperucita Roja entró en la cabaña y dijo:
-Abuela, te he traído algunas chucherías bajas en calorías y en sodio en reconocimiento a tu papel de sabia y generosa matriarca.
-Acércate más, criatura, para que pueda verte -dijo suavemente el lobo desde el lecho.
-¡Oh! -repuso Caperucita-. Había olvidado que visualmente eres tan limitada como un topo.
-Pero, abuela, ¡qué ojos tan grandes tienes!
-Han visto mucho y han perdonado mucho, querida.
-Y, abuela, ¡qué nariz tan grande tienes!… relativamente hablando, claro está, y su modo indudablemente atractiva.
-Ha olido mucho y ha perdonado mucho, querida.
-Y… ¡abuela, qué dientes tan grandes tienes!
Respondió el lobo:
-Soy feliz de ser quien soy y lo que soy -y, saltando de la cama, aferró a Caperucita Roja con sus garras, dispuesto a devorarla.
Caperucita gritó; no como resultado de la aparente tendencia del lobo hacia el travestismo, sino por la deliberada invasión que había realizado de su espacio personal.
Sus gritos llegaron a oídos de un operario de la industria maderera (o técnicos en combustibles vegetales, como él mismo prefería considerarse) que pasaba por allí.
Al entrar en la cabaña, advirtió el revuelo y trató de intervenir. Pero apenas había alzado su hacha cuando tanto el lobo como Caperucita Roja se detuvieron simultáneamente.
-¿Puede saberse con exactitud qué cree usted que está haciendo? -inquirió Caperucita.
El operario maderero parpadeó e intentó responder, pero las palabras no acudían a sus labios.
-¡Se cree acaso que puede irrumpir aquí como un Neandertalense cualquiera y delegar su capacidad de reflexión en el arma que lleva consigo! -prosiguió Caperucita-. ¡Sexista! ¡Racista! ¿Cómo se atreve a dar por hecho que las mujeres y los lobos no son capaces de resolver sus propias diferencias sin la ayuda de un hombre?
Al oír el apasionado discurso de Caperucita, la abuela saltó de la panza del lobo, arrebató el hacha al operario maderero y le cortó la cabeza.
Concluida la odisea, Caperucita, la abuela y el lobo creyeron experimentar cierta afinidad en sus objetivos, decidieron instaurar una forma alternativa de comunidad basada en la cooperación y el respeto mutuos y, juntos, vivieron felices en los bosques para siempre.
Ves, Bibiana, te apoyamos. Pero no sólo en este tema. Mañana más.
05 Feb 2010
por Anaïsen Esas cosas con letras
La revista El cultural publica hoy un adelanto del libro que la próxima semana llegará a las librerías, publicado por Seix Barral y conteniendo las cartas escritas por Pablo Neruda a la que fue el más largo de sus amores y la mujer con quien vivió sus últimos años, Matilde Urrutia. En esta época de webcams y emails, ojalá algún día alguien me enviara cartas como éstas…
Yo pienso en tí día y noche, noche y día, amor mío, dulce mía, y no sé si te quiero pero te quiero.
Eres mía y te beso
Hay algo más importante que tu y que yo, somos tu y yo. Juntos somos lo que la pobre gente no alcanza jamás, el cielo en la tierra. Te aprieto a mi corazón, amor mío, con cuerpo, alma y amor.
No eran celos, amor, sino exigencia de tu plenitud, de tu totalidad.
Ahora ya te he arado entera, te he sembrado entera, te he abierto y cerrado, ahora eres mía.
Para siempre!
Textos extraídos de las cartas de Neruda. Fotografía tomada de aquí
17 Nov 2009
por Anaïsen Esas cosas con letras
A veces en la vida nos cae un inesperado golpe de suerte que lo cambia todo: nos toca la lotería, se nos cruza un famoso que nos deja colocados para siempre, hacemos un gran negocio de algo que parecía no tener aplicaciones prácticas… Una mezcla de esas tres cosas debieron pensar en Umbriel, una pequeña editorial propiedad de la más grande Urano (especializada en libros esotéricos y de autoayuda) el día que decidieron publicar a un autor previamente rechazado por otras editoriales, con una novela de un género mil veces visto ya (Grandes Enigmas Que Cambiarán El Mundo) pero que, por una serie de carambolas, consiguió una enorme e inesperada popularidad mundial. Hablo, cómo no, de Dan Brown.
De Brown he leído tres de sus novelas, precisamente aquellas protagonizadas por Robert Langdon; El código da Vinci la compré, Angeles y demonios la leí sin pagar (dejo a la imaginación de qué forma la conseguí, pero me negué a añadirle un solo centavo más a la cuenta de Brown, a pesar de mi malsana curiosidad…); de La fortaleza digital y La conspiración prescindí directamente; El símbolo perdido (ya editada en España por Planeta, con gran despliegue publicitario, incluso críticas en la sección cultural de El País) la he leído por otros motivos, y no ha hecho más que reafirmarme en mi opinión sobre el amigo Dan.
En su momento, cuando se puso de moda El código da Vinci, lo devoré en pocos días, porque, eso hay que reconocerlo, la trama engancha y te hace desear seguir leyendo para ver de qué manera conseguirán los protagonistas salir del embrollo en que están metidos; además ayuda la narración, ágil, estructurada en capítulos muy cortos -muchos de ellos prescindibles, también- y totalmente carente de florituras literarias (bueno, en realidad carente de literatura alguna). Sin embargo, la sensación que me dejó al terminarlo fue doblemente mala: en primer lugar, condené el libro a la sección de mi biblioteca llamada Este no lo vuelvo a leer (es figurado, no tengo una biblioteca tan grande…) y, en segundo, me quedé con la impresión de que Brown se cree que los lectores somos tontos. Así de claro.
Y esto por varios motivos. Está bien que un autor utilice hechos reales, mezclados con una trama inventada, para ambientar mejor la historia y que nos metamos más de lleno en ésta; pero lo que no tiene ningún sentido es presumir de la exactitud de los lugares, hechos históricos y objetos que describes cuando se los distorsiona o directamente inventa, puesto que lo que consigue con ello Brown es engañar a un público que no tiene que ser necesariamente experto en los temas sobre los que lee, haciéndole creer que las cosas son de una determinada manera cuando no es así.
Esas distorsiones se han tratado en docenas de páginas bien documentadas, así que no abundaré en ello. Baste decir que Brown, lejos de reconocer sus errores, insiste en todas las novelas siguientes en la veracidad de lugares, objetos y situaciones (que se lo digan a los sevillanos), por no hablar de los plagios y “préstamos”…

Foto: Reuters
Otro motivo para pensar que Brown nos toma por tontos son algunos de los recursos que utiliza para resolver sus argumentos. Tanto en El código como en El símbolo hay sendos pasajes en los que Robert Langdon, supuestamente un experto en simbología, arte e historia, no reconoce un escrito que el lector, asombrado por la ineptitud del protagonista, ha descifrado varias páginas antes, pero Langdon se pasa esas mismas páginas devanándose los sesos y haciéndose cruces sobre la dificultad del código empleado… que es obvio y transparente para cualquiera que no sea él.
Además, no duda en, directamente, confundir al lector de la forma más burda, mintiendo con todas las letras para que el final de la novela no sea tan evidente; no tiene nada de malo que un escritor, metido en la piel de un narrador omnisciente, omita datos importantes, o lleve al que lee por un sitio que resulta no ser el indicado; incluso es normal que los personajes mientan; pero que lo haga el narrador no tiene excusa.
Y aun con todo ello, Brown sigue arrastrando legiones de lectores fieles, que alaban “sus documentadas novelas”, y cuando se les hace notar que dicha documentación flaquea por todos lados, te salen con lo distraídas que son; cuando no, directamente, las elevan a los altares (laicos, por supuesto) por haber descubierto a la humanidad las terribles conspiraciones y hechos ocultos por la maquiavélica iglesia. Si él lo dice…
De lo que no parecen darse cuenta sus fieles lectores es de que este buen señor, que alardea de la inmensa responsabilidad que recae sobre sus hombros por desvelarnos secretos tan comprometidos, en realidad no hace más que escribir la misma novela una y otra vez. Supongo que pensará que si la primera le resultó bien, por qué no repetir la fórmula. ¿La prueba? Por ejemplo, las sinopsis de las tres obras protagonizadas por Langdon, extraídas de las webs de sus respectivas editoriales:
Antes de morir asesinado, Jacques Saunière, el último Gran Maestre de una sociedad secreta que se remonta a la fundación de los Templarios, transmite a su nieta Sofía una misteriosa clave. Saunière y sus predecesores, entre los que se encontraban hombres como Isaac Newton o Leonardo Da Vinci, han conservado durante siglos un conocimiento que puede cambiar completamente la historia de la humanidad. Ahora Sophie, con la ayuda del experto en simbología Robert Langdon, comienza la búsqueda de ese secreto, en una trepidante carrera que les lleva de una clave a otra, descifrando mensajes ocultos en los más famosos cuadros del genial pintor y en las paredes de antiguas catedrales. Un rompecabezas que deberán resolver pronto, ya que no están solos en el juego: una poderosa e influyente organización católica está dispuesta a emplear todos los medios para evitar que el secreto salga a la luz. (El Código da Vinci)
En un laboratorio de máxima seguridad, aparece asesinado un científico con un extraño símbolo grabado a fuego en su pecho. Para el profesor Robert Langdon no hay duda: los Illuminati, los hombres enfrentados a la Iglesia desde los tiempos de Galileo, han regresado. Y esta vez disponen de la más mortífera arma que ha creado la humanidad, un artefacto con el que pueden ganar la batalla final contra su eterno enemigo. Acompañado de una joven científica y un audaz capitán de la Guardia Suiza, Langdon comienza una carrera contra reloj, en una búsqueda desesperada por los rincones más secretos de El Vaticano. Necesitará todo su conocimiento para descifrar las claves ocultas que los Illuminati han dejado a través de los siglos en manuscritos y templos, y todo su coraje para vencer al despiadado asesino que siempre parece llevarle la delantera. (…) Nos arrastra a una espiral de acción sin pausa, un impactante thriller donde se suceden las sorpresas y se revelan algunos de los más oscuros enigmas de la historia. Fuerzas que han permanecido ocultas durante siglos y que ahora planean destruir la Iglesia… literalmente. (Ángeles y demonios)
Washington. El experto en simbología Robert Langdon es convocado inesperadamente por Peter Solomon, masón, filántropo y su antiguo mentor, para dar una conferencia en el Capitolio. Pero el secuestro de Peter y el hallazgo de una mano tatuada con cinco enigmáticos símbolos cambian drásticamente el curso de los acontecimientos. Atrapado entre las exigencias de una mente perturbada y la investigación oficial, Langdon se ve inmerso en un mundo clandestino de secretos masónicos, historia oculta y escenarios nunca antes vistos, que parecen arrastrarlo hacia una sencilla pero inconcebible verdad.
Con la ayuda de Katherine Solomon, hermana de Peter y experta en ciencias noéticas, Robert Langdon tiene doce horas para salvar a su amigo y, al mismo tiempo, evitar que uno de los secretos mejor guardados de nuestra historia caiga en las manos equivocadas… (El simbolo perdido)
En resumen: Robert Langdon se ve metido en un lío con una organización secreta (o conocedora de profundos secretos) y tiene un período muy corto de tiempo para evitar que ocurra una gran catástrofe, con la ayuda de una bella mujer que trabaja en algo interesante… Es decir, el mismo argumento que docenas y docenas de novelas de la sección de misterio de cualquier librería, llenas a rebosar de templarios, conspiraciones, sectas y secretos místicos. Sólo que a Brown le ha ido especialmente bien con las suyas, gracias a la “veracidad” de sus historias y la “revelación” de las supuestas interioridades de la Iglesia Católica… pero, a la postre, no creo que sea más que otro vendedor de misterios. En fin, gente con suerte…
05 Ago 2009
por Anaïsen Esas cosas con letras

Que creo que se me nota bastante… aunque con estos calores (hasta cuarenta y dos grados en días pasados) como que es normal que no apetezca casi nada, y sumándole que estoy de vacaciones, duermo hasta las tantas… Al menos la pereza se hace más llevadera con la compañía de Spotify: hacer publicidad no es algo especialmente de mi agrado, pero reconozco que esta aplicación merece de sobra que se la elogie y propague…
Aun con la desgana, no por eso he abandonado mis lecturas pendientes. Entre ellas, cómo no, la esperadísima tercera parte de esa trilogía sueca de títulos imposibles (imposibles por culpa de la editorial, por lo visto) que lleva por nombre genérico Millennium, y cuyos dos primeros tomos ya he comentado aquí, así que no podía dejar de hablar del tercero.
Para ser sincera, La reina en el palacio de las corrientes de aire me lo he leído ya casi por una cuestión de amor propio. Larsson sigue acumulando párrafos y párrafos inútiles, sin estilo literario alguno, que la mayoría de ocasiones se limita a describir punto por punto lo que hacen los personajes, tenga relevancia o no, con toda clase de explicaciones de los sitios por los que pasan, las cosas que hacen o los objetos que utilizan, con sus correspondientes marcas comerciales. Un buen montón de páginas se dedica a explicar con todo lujo de detalles, aburridísimos por cierto, el funcionamiento de la policía secreta sueca; está bien que nos pongan en antecedentes de una parte importante del argumento, pero sin duda hay maneras mucho más amenas de hacerlo. Hay además una trama paralela totalmente irrelevante, salvo para reforzar, de nuevo y por si hiciera alguna falta, las ideas “feministas” del autor (luego volveré sobre ello). Vamos, que las ochocientas y pico páginas se podrían haber quedado en la mitad y no pasaría nada. El interés por la suerte de Lisbeth Salander, viendo su comportamiento, se me ha ido diluyendo hasta acabar cayéndome mal; y el protagonista masculino sigue siendo esa especie de superperiodista capaz de llegar a todas partes y enterarse de todo mucho antes que la policía, sin por ello dejar de acostarse con casi toda fémina que se le ponga por delante…
En todo caso, después de haberme leído la trilogía, con un interés que ha ido descendiendo cuesta abajo con cada libro, creo que estos tan publicitados libros contienen una segunda lectura que resulta como mínimo preocupante: la de que tomarse la justicia por propia mano resulta legítimo a la vista de la incompetencia del Estado para resolver las injusticias. Así, vemos que determinados personajes no dudan en colarse en casas ajenas, retener por la fuerza y hasta torturar a otros personajes de los que sabemos que han actuado ilegalmente, pero como la policía no es eficaz para resolver los crímenes de éstos (cuando no participa directamente de ellos) los justicieros salen inmunes y triunfantes.
Otro aspecto curioso es el “feminismo” mal entendido, a mi parecer, de Larsson: no sólo es que buena parte de la trama de la trilogía está basada en maltratos, vejaciones y otros delitos contra las mujeres y la forma en que sus autores acaban siendo ajusticiados, legalmente o a espaldas de la ley: es que en ninguno de los tres libros sale ni un solo personaje femenino que pueda ser llamado “de los malos”, todas las mujeres son, o afectadas por la maldad masculina, o vengadoras de estas afectadas. En cambio, entre los hombres hay sitio para toda clase de desviaciones y delitos: pederastas, violadores, maltratadores, explotadores infantiles, asesinos, traficantes, tratantes de blancas… Incluso el protagonista demuestra poca madurez emocional, saltando de una aventura a otra sin querer compromisos, tiene una hija de la que prácticamente no se acuerda, descuida su trabajo cuando tiene otros asuntos más importantes de los que ocuparse…
En fin, para mi gusto, un colofón irrelevante para una serie que comenzó bien y ha perdido puntos a la carrera. No creo que pase a la historia de la literatura.
(La imagen de la cabecera es un cuadro de Gino Rubert, quien ha elaborado las portadas de los tres libros de la serie. Recomiendo echarle un vistazo a su obra, entre surrealista e inquietante).
17 May 2009
por Anaïsen Esas cosas con letras

In memoriam Mario Benedetti, escritor uruguayo, 1920-2009.
CURRICULUM
El cuento es muy sencillo
usted nace
contempla atribulado
el rojo azul del cielo
el pájaro que emigra
el torpe escarabajo
que su zapato aplastará
valiente
usted sufre
reclama por comida
y por costumbre
por obligación
llora limpio de culpas
extenuado
hasta que el sueño lo descalifica
usted ama
se transfigura y ama
por una eternidad tan provisoria
que hasta el orgullo se le vuelve tierno
y el corazón profético
se convierte en escombros
usted aprende
y usa lo aprendido
para volverse lentamente sabio
para saber que al fin el mundo es esto
en su mejor momento una nostalgia
en su peor momento un desamparo
y siempre siempre
un lío
entonces
usted muere.
01 Abr 2009
por Anaïsen Esas cosas con letras

Noomi Rapace, quien interpreta a Lisbeth Salander en la película Girl with the dragon tatoo
Como ya me propuse en su momento, ha llegado a mi “pila de libros” la segunda parte de la trilogía Millennium de Stieg Larsson, La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina (larguísimo título para una no menos larga novela) y me puse a ella de inmediato con la intención de enterarme cómo continuaban las peripecias de Lisbeth Salander (a la que acabé cogiendo cariño después de la primera parte) y, no tanto, Mikael Blomkvist. No he salido defraudada: baste decir que me enfrasqué tanto en la lectura que el sábado por la noche no pude soltar el libro hasta terminarlo, a altas horas de la madrugada. En cuanto al argumento, me pareció mucho mejor llevado que el anterior, sin ninguna trama paralela que distraiga del hilo principal, y algunas sorpresas bien dosificadas. El estilo, igual que en la anterior, es muy sencillo, sin alardes literarios, aunque con detalles irritantes: Larsson sigue con su manía de sacar continuamente las marcas a relucir -muy llamativo es el caso de Apple: todos los “buenos” tienen portátiles MacBook o similares, los “malos” tienen PCs del año de Maricastaña y no saben ni configurar un antivirus- y nos facilita la marca de muebles, comidas, ropa, programas informáticos y hasta de los botellines de agua que se bebe el protagonista. El siguiente pasaje habla por sí mismo:
Condujo hasta el Ikea de Kungens Kurva, donde pasó tres horas recorriendo la tienda de punta a punta y apuntando las referencias de todo lo que necesitaba. Con algunas cosas, se decidió muy rápidamente.
Compró dos sofás del modelo Karlanda, en tela de color arena, cinco sillones Poäng, de estructura flexible, dos mesitas redondas lacadas de color abedul claro, una mesa baja de centro Svansbo y unas cuantas mesas auxiliares Lack. En el departamento de estanterías y almacenaje encargó dos juegos Ivar -combinación de almacenaje- y dos librerías Bonde, un mueble para el televisor y unas estanterías de almacenaje Magiker con puertas. Lo completó todo con un armario Pax Nexus, de tres puertas, y dos pequeñas cómodas Malm.

Cama Hemnes
Tardó un buen rato en elegir la cama, pero finalmente se decantó por el modelo Hemnes, una estructura de cama con colchón y accesorios. Como precaución, también compró una cama Lillehammer para la habitación de invitados. No contaba con recibir visitas, pero ya que tenía un cuarto de invitados, ¿por qué no amueblarlo? Total…
El cuarto de baño de su nueva casa ya estaba completamente equipado con un armario, un mueble para las toallas y una lavadora que los anteriores propietarios habían dejado. Sólo compró una cesta barata para la ropa sucia.
Lo que sí necesitaba, en cambio, eran muebles de cocina. Tras una ligera duda, se decidió por una mesa de cocina Rosfors en haya maciza y vidrio templado, así como por cuatro sillas de vivos colores.
Necesitaba muebles para su despacho y contempló asombrada algunos inverosímiles «espacios de trabajo» con ingeniosos armarios para guardar ordenadores y teclados. Al final, negó con la cabeza y encargó un escritorio Galant, de lo más normal, chapado en haya y con tabla abatible y esquinas redondeadas, así como un armario grande de almacenaje. Le costó un buen rato elegir una silla de trabajo -en la cual, sin duda, pasaría no pocas horas- y finalmente optó por una de las alternativas más caras, una del modelo Verksam.
Bueno, nadie podrá decir que no puede uno hacerse idea del resultado. En fin. Otra costumbre del autor es la de llenar la novela con párrafos enteros de información irrelevante que no hace más que engordar el libro sin aportar nada; véase el siguiente pasaje:
… durmió hasta bien entrada la tarde. Cuando se despertó olisqueó pensativamente las sábanas y constató que ya iba siendo hora de cambiarlas. Dedicó la tarde del sábado a limpiar el piso. Sacó la basura y metió los periódicos viejos en dos grandes bolsas que guardó en un trastero del vestíbulo. Puso una lavadora de ropa interior y camisetas y luego otra con vaqueros. Recogió los platos sucios, puso el lavavajillas y terminó pasando la aspiradora y fregando el suelo.
Eran las nueve de la noche y estaba empapada en sudor. Llenó la bañera y echó sales de baño a discreción. Se acomodó dentro, cerró los ojos y se puso a pensar. Cuando se despertó, ya era medianoche y el agua estaba helada. Irritada, se levantó, se secó y se fue a la cama. Volvió a dormirse casi en el acto.
Aun con esos defectos -o al menos a mí me lo parecen-, como he dicho antes, la novela se lee a gusto; engancha sin remedio y remata a la perfección la historia empezada en la primera parte sin dejar cabos sueltos demasiado evidentes, aunque también es verdad que algunas soluciones, como suele ocurrir en este tipo de literatura, quedan algo cogidas por los pelos. Mi resumen: aunque tampoco es la revolución literaria que nos han vendido, vale la pena leerla.
26 Mar 2009
por Anaïsen Esas cosas con letras, Por amor al arte

No hace mucho, conocí, gracias a un pequeño reportaje televisivo sobre su obra con ocasión de una exposición en Murcia, a la fotógrafa norteamericana Francesca Woodman, que se suicidó en 1981, a sus 23 años, dejando una obra de gran fuerza y expresividad pero que, desgraciadamente, no tuvo éxito en vida de su autora, cosa que posiblemente precipitó su muerte.

Sus fotos están cargadas de misterio, resultan evocadoras y poéticas. Es una habitual del autorretrato y de los escenarios decadentes y ruinosos. No se me ocurre mejor forma de acompañar sus fotografías que un poema de Sylvia Plath, otra mujer que en su día supo de la angustia de vivir y cuyo hijo, según se ha sabido estos días, ha seguido los pasos de su madre.
Canción de amor de la joven loca
Cierro los ojos y el mundo muere;
levanto los párpados y nace todo nuevamente.
(Creo que te inventé en mi mente).
Las estrellas salen valseando en azul y rojo,
Sin sentir galopa la negrura:
Cierro los ojos y el mundo muere.
Soñé que me hechizabas en la cama
Cantabas el sonido de la luna, me besabas locamente.
(Creo que te inventé en mi mente).
Dios cae del cielo, las llamas del infierno se debilitan:
Escapan serafines y soldados de Satán:
Cierro los ojos y el mundo muere.
Imaginé que volverías como dijiste,
Pero crecí y olvidé tu nombre.
(Creo que te inventé en mi mente).
Debí haber amado al pájaro de trueno, no a ti;
Al menos cuando la primavera llega ruge nuevamente.
Cierro los ojos y el mundo muere.
(Creo que te inventé en mi mente).
04 Dic 2008
por Anaïsen Esas cosas con letras

No me suelo fiar mucho de las listas de los libros más vendidos, ni siquiera de los que se hacen famosos casi desde la nada gracias al boca a boca: entre éstos se pueden encontrar libros muy estimables en su género, como La sombra del viento, o verdaderos truños como El código da Vinci. Así que había oído hablar del último boom editorial en Europa, Los hombres que no amaban a las mujeres, del sueco Stieg Larsson (que falleció sin llegar a conocer su fulminante éxito) pero no le había hincado el diente hasta que, hace unos días, El País publicó el primer capítulo de La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina, segunda parte de la trilogía Millennium y continuación de Los hombres… (luego hablaremos de los titulitos de los libros, que se las traen…). El caso es que el capítulo en cuestión me enganchó sin remedio y me entró la imperiosa necesidad de saber de dónde había salido esa diminuta y tatuada mujercita llamada Lisbeth Salander, extremadamente inteligente e increíblemente asocial. Me compré el libro y me he bebido sus 665 páginas en unos días. ¿El resultado? Veamos…
A Los hombres que no amaban a las mujeres, curiosamente, se le ha cambiado el título en España para suavizarlo ligeramente, no sé si porque resultaba políticamente incorrecto: el original se traduciría como Los hombres que odiaban a las mujeres. En cambio, el título de la versión inglesa es The girl with the dragon tattoo, que resulta más “misterioso” pero la verdad es que despista. El original no está puesto por casualidad: una de las mayores preocupaciones del autor era el maltrato a las mujeres y ese es el verdadero tema que recorre de principio a fin la novela, aparte de la trama policiaca o el tema financiero, que también toca de forma secundaria. En cuanto a lo puramente literario: el libro es emocionante, se lee de corrido una vez empezado y no deja cabos sueltos. Está claro que el escritor creía en lo que escribía, y lo conocía bien; de hecho no es difícil imaginarse como un alter ego del autor al protagonista, un aguerrido periodista económico, conquistador irresistible y director de una revista en la cuerda floja por ser demasiado poco complaciente con los poderosos. Mucho más interesante y menos típica resulta, sin embargo, la antes mencionada Lisbeth, uno de esos personajes a priori imposibles pero que acaban provocando cierta ternura. Si la novela deja algún recuerdo una vez leída es en buena parte gracias a ella.
Cosas negativas a destacar: sobre todo una. Igual que cuando ves una de las últimas películas de Bond, a veces tienes la impresión de estar asistiendo a un publirreportaje. Véanse si no los siguientes pasajes, que la verdad, a mí me dejaron un pelín estupefacta:
(…) necesitaba un aparato rápido y moderno.
Como era de esperar, se fijó en la mejor opción imaginable: el recién lanzado Apple PowerBook G4/1.0GHz, CPU de aluminio, provisto de un procesador PowerPC 7451 con AltiVec Velocity Engine, 960 Mb RAM y un disco duro de 60 Gb. Disponía de BlueTooth y de un grabador de cedés y deuvedés incorporado.
Lo mejor de todo era que tenía la primera pantalla de 17 pulgadas del mundo de los portátiles, además de una tarjeta gráfica NVIDIA y una resolución de 1440×900 píxeles que dejaba atónitos a los defensores de los PC, y que desbancaba a todo lo existente en el mercado hasta ese momento.
Por lo que respectaba al hardware se trataba del Rolls Royce de los portátiles; pero lo que realmente provocó su deseo de hacerse con él fue un exquisito detalle: el teclado estaba provisto de iluminación de fondo, de manera que las letras se podían ver aunque se hallara en la más absoluta oscuridad. ¡Un detalle de lo más simple! ¿Por qué nadie había pensado antes en eso?
La familia Vanger estaba compuesta -incluyendo a los hijos de los primos y a los primos segundos- por un centenar de personas. La familia era tan amplia que Mikael tuvo que crear una base de datos en su iBook. Usó el programa NotePad (www.ibrium.se), uno de esos geniales productos diseñado por dos chavales de la universidad KTH de Estocolmo que lo distribuían por dos duros en Internet como shareware. Al parecer de Mikael, pocos programas resultaban tan imprescindibles para un periodista de investigación.
Semejantes pasajes publicitarios rompen la fluidez del relato y no sirven absolutamente para nada, a no ser, claro, que Apple y los creadores de NotePad pagaran al autor por nombrarles…
En resumidas cuentas, una lectura interesante aunque no inolvidable; de todas formas no me perderé la segunda parte ni, supongo, la anunciada tercera, La reina en el palacio de las corrientes de aire. Es una buena forma de pasar estos días tan fríos.
Imagen: Olivier Vinet
28 Nov 2008
por Anaïsen Cosas de la vida, Esas cosas con letras

El primer mes de Mikael en ese perdido rincón del mundo estaba siendo, según el Hedestads-Kuriren, el más frío que se recordaba; o, por lo menos (si le hacía caso a Henrik Vanger), desde el invierno de la guerra de 1942. Mikael estaba dispuesto a aceptar el dato como verdadero. Apenas llevaba una semana en Hedeby y ya lo sabía todo sobre los calzoncillos largos y los calcetines de lana, al tiempo que había aprendido la importancia de ponerse dos camisetas interiores.
A mediados de enero, cuando el frío alcanzó los increíbles 37 grados bajo cero, pasó unos días terribles. Nunca había experimentado nada similar, ni siquiera durante aquel año que pasó en Kiruna haciendo el servicio militar. Una mañana, la tubería del agua se congeló. Gunnar Nilsson le proporcionó dos grandes bidones de plástico para que pudiera cocinar y lavarse, pero el frío resultaba paralizador. En las ventanas, por la parte interior, se formaron cristales de nieve, y, por mucho que calentara la cocina de hierro, Mikael se sentía permanentemente congelado.
Aquí todavía no hemos llegado a los 37 bajo cero, pero en los últimos días casi me siento tan congelada como el protagonista de Los hombres que no amaban a las mujeres, obra a la que pertenece el fragmento de arriba, que estaba leyendo precisamente hoy. Por la mañana trabajo con la bufanda puesta y por la tarde me arrebujo en el sofá bien tapada con una manta. Claro, con eso de que aquí hace buen tiempo nadie toma precauciones contra el frío y así nos va…
Foto: Invierno en Suecia, por Steffe (flickr)
25 Nov 2008
por Anaïsen Esas cosas con letras

Es curioso, hace un siglo que no pongo ningún comentario aquí sobre libros, y lo cierto es que no es porque no lea últimamente, más bien todo lo contrario. Una cosa que me llamó la atención cuando vi por primera vez el piso donde ahora vivo es que la dueña, que lo ocupaba antes, se dejó aquí una buena cantidad de libros, y como hay poco espacio yo no me he podido traer la mayoría de los míos, salvo los más nuevos; así que me he dedicado a darle un repaso a la biblioteca de mi casera. Se podría decir que es una biblioteca “femenina”, en el sentido de que hay una amplia representación de libros escritos por mujeres; también clásicos, poesía y libros juveniles, a los que yo no les hago ascos si están bien escritos.
En cuanto a lo que me he leído ya, algunas cosas me han gustado mucho, otras ni fu ni fa y otras nada de nada; por ejemplo La canción de Dorotea de Rosa Regás me lo dejé a mitad, por aburrimiento; Las mujeres que hay en mí, de María de la Pau Janer, tampoco me lo terminé, porque los personajes más que hablar parecían estar dejando frases para ser grabadas en lápidas. (Ambos libros fueron premiados por Planeta, uno como ganador y otro como finalista. Umm. Curioso.) Otro que me resultó irritante fue Los chicos de mi vida, de Beverly Donofrio, que promete en su portada ser un clásico con el que no puedes dejar de reírte y que a mí me provocaba ganas de darle una colleja a la protagonista.
Entre los “no está mal” pondría por ejemplo El amante albanés de Susana Fortes, aunque se me hizo demasiado corto para lo que podía haber sido, o Algo más inesperado que la muerte, de Elvira Lindo, que cuenta la historia de una periodista bastante trepa casada con un maduro escritor de éxito. (Y dice la Lindo que no miró a nadie al escribirlo… Sí, sí…). También he podido dar un repaso a Ojos de perro azul y Memoria de mis putas tristes (Gabo siempre se agradece, aunque no sean mis obras favoritas). Entre las sorpresas agradables, quizá la mejor haya sido Clara y la penumbra, de José Carlos Somoza (a la que alude la foto del post, quien la haya leído sabrá por qué), muy bien escrita para mi gusto y con un argumento de lo más original que me he encontrado últimamente. También he disfrutado, a pesar de haberla cogido con prevención por creer que sería una típica novelita romántica, Los buscadores de conchas, de Rosamunde Pilcher, amena y con unos personajes muy bien dibujados. Y aunque no estaba en la casa sino que me lo compré yo, añadir La emperatriz de los etéreos, de Laura Gallego, con su transparente metáfora que muchas adolescentes de hoy deberían aplicarse.
De todas maneras, aún queda aquí mucho por leer. Tantos libros, y tan poco tiempo…
17 Sep 2008
por Anaïsen Esas cosas con letras, Por amor al arte
Hace algunos años, en la época dorada del grupo Héroes del Silencio, me gustaba bastante su música. Me parecían originales, y de una calidad superior a la media. Sin embargo, con el paso del tiempo, y como suele pasar con los grupos que tienen un líder más o menos “carismático”, Héroes se quedó pequeño para el arte y el ego de Enrique Bunbury, y he aquí que éste pasó a ser una especie de multiartista que lo mismo te canta una ranchera que te monta un circo. Esta etapa postheroica no la he seguido demasiado de cerca, la verdad es que creo que a Bunby le sobran ínfulas, aunque lo que hace debe ser muy bueno porque tiene una legión de seguidores que le defienden a capa y espada. Una buena muestra de ello la hemos tenido estos días en que ha salido a la luz un caso de lo que algunos definen como “plagio” y otros, incluido él, de “inspiración artística”. Parece que Bunbury ha tomado varios versos de Pedro Casariego para sus canciones, casi al pie de la letra, y él, lejos de reconocerlo, saca pecho y dice, más o menos, que él es un artista y se inspira donde quiere (ah, y de paso se compara con Bob Dylan, como el que no quiere la cosa…). Sí señor, con un par. Poco le ha faltado para decir que era culpa del programa informático…
En fin, sea plagio o no, aquí dejo un poema de Pedro Casariego, acompañado de una fotografía de Grace Oh. A cada uno, lo suyo.

Tu cama
fría y pedregosa
es el lecho de un río:
Eres río
eres río que llora
bajo mis abrazos de madera
madera que flota
madera que no sabe penetrar
eres río
eres río que se desborda
eres río y en mis labios
en mis labios desembocas.
20 Jul 2008
por Anaïsen Esas cosas con letras, Personal

(Foto sacada de la página Corset Fan)
Como todo el mundo sabe, la época de rebajas es uno de los momentos más peligrosos del año. Conviene quedarse en casita y, si se sale a la calle, procurar no mirar los escaparates repletos de los más llamativos reclamos en letras bien grandes indicando el porcentaje de rebaja sobre los precios originales: si hacemos caso de ellos, probablemente nos encontremos que a nuestro regreso vamos cargados de bolsas llenas de artículos que no necesitamos pero, ay, “estaban tan rebajados…”
De todas formas, a veces tampoco pasa nada si te dejas llevar por la marea y te permites un capricho. En este caso, concretamente dos, y bien distintos.
El primero de ellos, algo que hace tiempo venía deseando: un corsé. Ya sé que es “anticuado” y no precisamente cómodo, pero me parece que tiene un morbo imposible de igualar por cualquier otra prenda. No es algo fácil de conseguir a menos que lo hagas en la red, pero gracias a que la única tienda Ann Summers de toda España está a un cuarto de hora a pie desde mi casa, ya tengo uno en mi poder… Ahora es cuestión de sacarle partido.
El otro capricho es una pequeña joyita a la que hace tiempo que le había echado el ojo: un libro etiquetado como “infantil” pero que es una delicia para cualquier edad. Se trata del famoso Princesas olvidadas o desconocidas, con texto de Philippe Lechermeier y unas maravillosas ilustraciones de Rebecca Dautremer. Un libro lleno de humor, y una buena muestra del talento de su ilustradora. Rebecca, te envidio. Yo de mayor quiero ser como tú.

11 Jul 2008
por Anaïsen Esas cosas con letras, Por amor al arte

El post de hoy ha surgido de una completa casualidad. El texto de abajo me lo he encontrado, como suele pasar, mientras buscaba otra cosa. La dama de la imagen es Dorian Leigh, a la que se ha dado en llamar la primera top model, que acaba de fallecer a los 91 años de edad, y cuyas fotografías, realizadas por artistas de la talla de Richard Avedon o Cecil Beaton, son un ejemplo de elegancia intemporal.
El DULCE SABOR DE UNA MUJER EXQUISITA
Una mujer exquisita no es aquella que más hombres tiene a sus pies,
sino aquella que tiene uno solo que la hace realmente feliz.
Una mujer hermosa no es la más joven, ni la más flaca,
ni la que tiene el cutis más terso o el cabello más llamativo,
es aquella que con tan sólo una franca y abierta sonrisa y un buen consejo puede alegrarte la vida.
Una mujer valiosa no es aquella que tiene más títulos, ni más cargos académicos,
es aquella que sacrifica su sueño temporalmente por hacer felices a los demás.
Una mujer exquisita no es la más ardiente,
sino la que vibra al hacer el amor solamente con el hombre que ama.
Una mujer interesante no es aquella que se siente halagada
al ser admirada por su belleza y elegancia,
es aquella mujer firme de carácter que puede decir NO.
Y un hombre, un hombre exquisito es aquel que valora a una mujer así.
Gabriel García Márquez
24 Abr 2008
por Anaïsen Esas cosas con letras

Ayer, día 23 de abril, fue el Día del Libro, y aunque con un poco de retraso, me sumo a la celebración con mi particular lista de libros imprescindibles. Puede que no sean los mejores que se han escrito, pero todos, por una razón o por otra (algunas extraliterarias), son importantes para mí. Sin ningún orden en particular, ahí van:
- El amor en los tiempos del cólera, de Gabriel García Márquez. Una de las historias de amor más bellas que he leído nunca.
- Las normas de la casa de la sidra, de John Irving. De esos pocos libros que te hacen replantearte muchas cosas.
- El Señor de los Anillos, de John R.R. Tolkien. Lo descubrí a los quince años y desde entonces vuelvo a él periódicamente.
- La historia interminable, de Michael Ende. Un placer y no sólo para niños.
- Historia de O, de Pauline Réage. El amor y la entrega desde otro punto de vista.
En realidad podría poner bastantes más, pero creo que estos se merecen los primeros puestos. ¿Y vosotros? ¿Cuáles son vuestros imprescindibles?
Previos Anteriores
Me dicen…