
Doubt, de Morgan-n (deviantart)
Algo me dice que con esta entrada me voy a meter en un jardín del que a saber cómo salgo, pero me apetece hablar de ello y ahí va. Hay un par de asuntos que cada poco tiempo vuelven a la actualidad y siempre despiertan encendidos debates entre partidarios y detractores; me refiero al aborto y a la eutanasia. De la eutanasia ya hablaré otro día. En cuanto al aborto, es notorio que, a pesar de que existen medios anticonceptivos de sobra e información asequible para evitar males mayores, no sólo no disminuye sino que aumenta, aunque, gracias a lo “relajado” de la actual legislación española, es de esperar que los abortos ilegales o hechos en condiciones insalubres sean mínimos. A día de hoy está en discusión un cambio en esa ley, por un sistema de plazos, pero ya se ha comunicado que una de las modificaciones previstas es la de autorizar a las menores de 18 años y mayores de 16 a que puedan abortar sin el conocimiento de sus padres. Se alega que si son lo suficientemente adultas como para tener relaciones sexuales (en España son legales desde los 13 años) también lo son para decidir si abortan o no. ¿Mi opinión al respecto? Vamos por partes.
Cuando se habla de aborto se suele centrar la discusión en si “lo abortado” es o no un ser vivo. No es tema baladí: la comunidad científica dista mucho de estar de acuerdo al respecto (incluso una voz tan autorizada como Carl Sagan tiene dudas; véase su libro Miles de Millones) y entre los legos las posturas suelen estar polarizadas en “sólo es una masa de células” o “es un ser vivo desde la concepción”. Puesto que yo no tengo conocimientos científicos suficientes como para dar una opinión autorizada, la mía es exclusivamente visceral y basada en mi experiencia (tampoco hay influencia religiosa en ella, yo no creo en ningún dios): para mí el embrión sí es un ser con identidad propia desde que es concebido. ¿Significa eso que estoy contra el aborto y lo considero un asesinato? No necesariamente.
Ante todo, creo que, hoy por hoy, muchísimos embarazos no deseados se deben pura y simplemente a irresponsabilidad por parte de quien los padece. A pesar de que, como decía antes, hay información disponible de sobra y medios asequibles, entre los jóvenes sigue existiendo esa sensación del “no pasa nada”, del “hago esto porque me lo han dicho mis amigos”, del “bueno, lo hacemos sin nada que el condón no mola, ya me tomaré luego la pastilla del día después”. Basta entrar en cualquier foro frecuentado por jóvenes (y no tan jóvenes también) para darse cuenta de la brutal desinformación sobre temas sexuales en general y anticonceptivos en particular. Estoy convencida de que si no fuera así, los abortos motivados por “daños psíquicos para la madre” y los embarazos adolescentes disminuirían en picado. Por desgracia, ya puede el Gobierno hacer campañas para favorecer el uso del preservativo, que si quien tiene que usarlo no se conciencia de ello, no hay nada que hacer.
Ahora bien, y aunque he dicho antes que yo sí creo que un embrión es un ser vivo diferente de la madre (que no autónomo) me parece mucho peor traer al mundo un niño al que sus padres no van a querer, o que va a vivir sumido en la pobreza. De hecho, mi idea es incluso más extrema que esa: creo firmemente que no debería nacer ningún niño si no están de acuerdo en ello el padre y la madre, y tienen medios suficientes como para criarlo. Cuando hablamos de aborto se nos suele olvidar el tercer término de la ecuación, el padre, como si un aborto o un nacimiento sólo afectara a la madre: sí, es su cuerpo, pero, igual que no habría concepción sin un hombre, éste debería tener algo que decir en el proceso que sigue; cuando se trata de abortar no se le da ni voz ni voto, aunque él quiera ese hijo; pero, peor aún, la madre puede decidir tener el hijo incluso contra la voluntad del padre, y él, cuando exista ese niño, se verá obligado a mantenerlo sin poder negarse, puesto que esa negativa le puede acarrear incluso la cárcel.
Entonces, ¿cuál es la conclusión? Creo que lo “ideal” es un sistema de plazos. Por más que el embrión sea un ser vivo (siempre en mi opinión) es obvio que no es igual un embarazo de una semana que uno de siete meses. A los siete meses el feto ya tiene todos sus sistemas formados y sería capaz de vivir en el exterior, y deshacerse de él a esas alturas sí me parece un crimen, simplemente. ¿Cuándo fijamos el límite, entonces? Sorprendentemente, y según nos cuenta Sagan, la propia Iglesia Católica aplicaba un criterio de plazos hace siglos:
Ni San Agustín ni Santo Tomás de Aquino consideraban homicidio el aborto en fase temprana (el último basándose en que el embrión no “parece” humano). Esta idea fue adoptada por la iglesia en el Concilio de Vienne (Francia) en 1312 y nunca ha sido repudiada. La primera recopilación de derecho canónico de la Iglesia Católica, vigente durante mucho tiempo (de acuerdo con el notable historiador de las enseñanzas eclesiásticas sobre el aborto, John Connery, S.J.) sostenía que el aborto era homicidio sólo después de que el feto estuviese ya “formado”, aproximadamente hacia el final del primer trimestre.
Sin embargo, cuando en el siglo XVII se examinaron los espermatozoides a través de los primeros microscopios, parecían mostrar un ser humano plenamente formado.
Se resucitó así la vieja idea del homúnculo, según la cual cada espermatozoide era un minúsculo ser humano plenamente formado, dentro de cuyos testículos había otros innumerables homúnculos, y así ad infinitum.
En parte por obra de esta mala interpretación de datos científicos, el aborto, en cualquier momento y por cualquier razón, se convirtió en motivo de excomunión a partir de 1869. Para la mayoría de los católicos resulta sorprendente que la fecha no sea más remota.
¿Cúando sería un asesinato? ¿Cuando tiene aspecto humano? ¿Cuando su cerebro genera ondas? ¿Cuando fuera capaz de respirar en el exterior? Es evidente que ahí la comunidad científica sí tiene mucho que decir, pero el mismo Sagan nos da un criterio que resulta plausible, a simple vista:
Es más, ¿por qué han de ser la respiración, el funcionamiento de los riñones o la capacidad de resistir las enfermedades, por ejemplo, justificativos de la protección legal? ¿Sería admisible matar un feto que revelase pensamientos y sentimientos pero que no fuera capaz de respirar? A nuestro juicio, el argumento de la viabilidad no puede determinar de manera coherente cuándo son admisibles los abortos. Se requiere otro criterio. Una vez más, ofrecemos la consideración del primer atisbo de pensamiento humano.
Puesto que, por término medio, el pensamiento fetal comienza a manifestarse incluso después del desarrollo fetal de los pulmones, creemos que la sentencia del caso Roe contra Wade fue una decisión buena y prudente respecto de una cuestión compleja y difícil. Con la prohibición del aborto en el último trimestre (excepto en los casos de grave necesidad médica ) se alcanza un equilibrio justo entre las reivindicaciones enfrentadas de la libertad y de la vida.
¿Y en cuanto a lo de permitir el aborto a las mayores de 16 años sin permiso paterno? Pues creo que va a estropear las cosas más de lo que va a arreglarlas. Hoy por hoy el hecho de poder verse implicadas en un aborto con el conocimiento paterno puede ser un argumento disuasorio para las jóvenes, pero, igual que aún muchas creen que la existencia de la “píldora del día después” las protege de todo mal y ya no pasa nada por no cuidarse, la posibilidad de llegar a un aborto sin que los padres se enteren va a aumentar aún más el número de embarazos adolescentes. El tiempo lo dirá, si la modificación legislativa se aprueba.
En resumen, es un tema muy complicado y con muchas ramificaciones y no sé si he sabido transmitir aquí mi criterio. A grandes rasgos, sería: aborto sí, pero como opción menos mala ante un hijo no deseado, y en modo alguno como sustitutivo de una información sexual completa y un uso amplio de anticonceptivos.