Aunque la verdad es que últimamente no puedo ir al cine tanto como me gustaría, y alguna de las veces que voy no soy yo la que elige la película -y luego pasa lo que pasa-, en el último mes no me puedo quejar del porcentaje: dos pelis vistas, dos pelis buenas. MUY buenas, para mi gusto. De las que te dejan durante tiempo pensando en ellas y que no te importaría volver a ver. Así da gusto gastarse la burrada que cuesta el cine…
Para empezar, Toy Story 3, a la que por supuesto no podía faltar dado mi amor por las películas de animación (las buenas, claro). Lástima que aún haya gente que las considere “cosas de críos” o “muñequitos”. No hay mucho más que pueda decir de ella de lo que ya se ha dicho en la gran mayoría de sitios dedicados al cine; la tensión, la nostalgia, la ternura, la risa… Lo tiene todo. Por tener, hasta, según dicen algunos, una parábola (viéndola, no parece descabellado) sobre determinados hechos históricos. A destacar: el adorable personaje que aparece en la foto de arriba y las dos escenas finales, ante las que habría que ser de hierro para no emocionarse.
Sí, el prota es Di Caprio, pero me gusta mucho más Joseph Gordon-Levitt...
Para seguir, la última de Christopher Nolan, de endiablado guión y fascinante imagen, exigente con el espectador pero también lo bastante respetuoso como para dejarle sacar sus propias conclusiones. A Nolan se le suele reprochar que no sabe filmar escenas de acción, y esa es la pega que le pondría, la parte que transcurre en la nieve creo que baja el listón general. Por otro lado, yo a DiCaprio nunca termino de creérmelo, es buen actor, sí, pero le sigo viendo cara de crío cabreado…
A destacar: el adorable personaje que aparece en la foto de arriba (sí, las he elegido ambas a propósito): madre del amor hermoso, qué chico más mono y qué bien sabe llevar un traje, no he visto nada igual desde George Clooney. Destacar igualmente la escena de la lucha en el pasillo, los momentos “limbo” y ese final fundido a negro en el momento justo, para que aún podamos seguir dándole más vueltas a lo que ya hemos visto…
Para mi desgracia, hace ya una semana que se acabaron mis vacaciones, lo cual, al menos a mí, me suele dejar un poco con la sensación de que el verano ha llegado a su fin, si no fuera porque este año el tiempo ha decidido revolverse y, después de los fríos de hace unos días, últimamente salir a la calle es algo similar a abrir la puerta del horno cuando está a máxima temperatura, y ni siquiera nos cabe el recurso de buscar la sombra porque la escasa brisa parece venir de los mismos infiernos. Por lo menos en la oficina y en casa hay aire acondicionado, y las vacaciones fueron fresquitas… (envidia me dais, asturianos).
En fin, de vuelta al curro, al patio y al escondite y a ver qué nos trae el nuevo curso…
Hace ya unos añitos, más de los que me gustaría, la cría que era yo entonces soñaba con ser una artista. Me pasaba las horas muertas y no tan muertas llenando cualquier papel en blanco con toda clase de dibujos, copiados o inventados, que me vinieran a las manos. Mi padre, aunque era una persona sin estudios, tenía sensibilidad de sobra para apreciar el arte, y desde pequeña me llevaba a ver exposiciones, me hablaba de perspectivas y bocetos y me regalaba alguna caja de acuarelas cuando podía.
Claro, lo de dedicarse a ello profesionalmente era otra cosa: no todos los artistas pueden vivir de lo que hacen (aunque algunos viven muy bien, eso sí) y el arte dista mucho de ser un empleo seguro. Así que estudié algo práctico y sencillo que me permitió empezar a trabajar pronto. No dejé por ello mis inclinaciones: seguía dibujando y pintando a menudo, me compraba libros, fui a un par de academias en mi ciudad, incluso hice algunos retratos en el instituto y en el trabajo (y me pagaron por ellos…). Y un buen día cogí los bártulos y me vine a donde vivo ahora, con el exclusivo fin de matricularme en Bellas Artes.
Pasé cuatro años trabajando por las mañanas hasta las tres y yendo a clases de cuatro a diez de la noche. Me lo pasé muy bien durante esos años, pero la facultad tuvo el efecto contrario al esperado: después de salir de ella no volví a coger un pincel ni un lápiz. Ni yo tenía el talento suficiente como para destacar allí ni lo que se hacía en clase acababa de ser lo que yo buscaba (probablemente lo hubiera encontrado en otros sitios donde se usaran métodos menos tradicionales). Además, muchos profesores usaban las clases más bien para exponerse a sí mismos y a su trabajo, y hubo alguno que otro del que, digamos, no guardo buenos recuerdos. Eso sí, en tercero descubrí la fotografía y eso cambió las cosas radicalmente, incluso en esa época en que las cámaras no eran digitales, tenías que ir a todas partes cargada de carretes y gastarte luego una pasta en revelarlos, para que luego las fotos salieran movidas, descuadradas, borrosas… Además durante un tiempo tuve un minilaboratorio en casa, donde hacía mis “experimentos”. Afortunadamente luego vino lo digital, las tarjetas de memoria y el photoshop… todos los cuales podrán tener sus inconvenientes pero al menos no huelen tan mal como los líquidos de revelado.
En fin, que mi idea infantil de ser una artista se quedó poco menos que en nada y lo único a que me dedico a día de hoy es la fotografía y, ocasionalmente, el diseño de alguna web en plan totalmente amateur. Por supuesto, echo de menos no haberme volcado más en ello; hoy habría enfocado las cosas de otra manera, pero es lo que hay, y viendo lo que hacen algunos por ahí comprendo que me hubiera quedado mucho camino por recorrer. A modo de ejemplo, tres botones:
Esta muchacha rusa (aunque vive en Canadá) sí culminó sus estudios de Bellas Artes y, como puede verse en las imágenes, con pleno aprovechamiento. Su arte se manifiesta de una forma tan original como minuciosa: en muñecas de porcelana y resina, hechas, tanto las muñecas como sus accesorios y vestimentas, de manera totalmente artesanal. Una belleza de éstas puede costar sobre los tres mil euros, pero es una de esas cosas en las que me los podría gastar, si los tuviera, claro. A las muñecas de porcelana normalmente se les suele achacar un cierto aire siniestro, pero a mí éstas me parecen bellísimas.
Natalie también es de la Europa del Este, en concreto lituana. Es ilustradora y fotógrafa, creadora de un mundo propio de estética claramente gótica. Qué decir, me encanta.
Confieso que sé muy poco de este pintor japonés (al que llegué por medio de la web Sexinart), también graduado en Bellas Artes y autor de obras desasosegantes y perfectas como ésta:
La cual, pese a lo que pudiera parecer, no es un render en 3D hecho por ordenador sino un cuadro pintado con gouache. Me muero de la envidia…
In memoriam José Saramago, escritor portugués. 1922-2010.
En medio de la paz nocturna, entre las ramas altas del árbol, una estrella se me aparecía, y después, lentamente, se escondía detrás de una hoja, y, mirando en otra dirección, tal como un río corriendo en silencio por el cielo cóncavo, surgía la claridad traslúcida de la Vía Láctea, el camino de Santiago, como todavía le llamábamos en la aldea. Mientras el sueño llegaba, la noche se poblaba con las historias y los sucesos que mi abuelo iba contando: leyendas, apariciones, asombros, episodios singulares, muertes antiguas, escaramuzas de palo y piedra, palabras de antepasados, un incansable rumor de memorias que me mantenía despierto, el mismo que suavemente me acunaba. Nunca supe si él se callaba cuando descubría que me había dormido o si seguía hablando para no dejar a medias la respuesta a la pregunta que invariablemente le hacía en las pausas más demoradas que él, calculadamente, introducía en el relato: «¿Y después?» Tal vez repitiese las historias para sí mismo, quizá para no olvidarlas, quizá para enriquecerlas con peripecias nuevas. En aquella edad mía y en aquel tiempo de todos nosotros, no será necesario decir que yo imaginaba que mi abuelo Jerónimo era señor de toda la ciencia del mundo. Cuando, con la primera luz de la mañana, el canto de los pájaros me despertaba, él ya no estaba allí, se había ido al campo con sus animales, dejándome dormir. Entonces me levantaba, doblaba la manta, y, descalzo (en la aldea anduve siempre descalzo hasta los 14 años), todavía con pajas enredadas en el pelo, pasaba de la parte cultivada del huerto a la otra, donde se encontraban las pocilgas, al lado de la casa. Mi abuela, ya en pie desde antes que mi abuelo, me ponía delante un tazón de café con trozos de pan y me preguntaba si había dormido bien. Si le contaba algún mal sueño nacido de las historias del abuelo, ella siempre me tranquilizaba: «No hagas caso, en sueños no hay firmeza». Pensaba entonces que mi abuela, aunque también fuese una mujer muy sabia, no alcanzaba las alturas de mi abuelo, ése que, tumbado debajo de la higuera, con el nieto José al lado, era capaz de poner el universo en movimiento apenas con dos palabras. Muchos años después, cuando mi abuelo ya se había ido de este mundo y yo era un hombre hecho, llegué a comprender que la abuela, también ella, creía en los sueños. Otra cosa no podría significar que, estando sentada una noche ante la puerta de su pobre casa, donde entonces vivía sola, mirando las estrellas mayores y menores de encima de su cabeza, hubiese dicho estas palabras: «El mundo es tan bonito y yo tengo tanta pena de morir».
Fragmento del discurso de aceptación del Premio Nobel, 1998
Durante mucho tiempo pensé, inocente de mí, que los programas informativos, así como la prensa, servían para informar al público; al cabo de los años, como todos, me acabé dando cuenta de que unos y otros, además de informar -mejor o peor- sirven para muchos otros fines, no siempre confesables o inocentes. Viendo cosas como la emisión de ayer de La tarde en 24 horas, me tengo que reafirmar en esa idea.
En principio, la pieza -no me permite enlazar la emisión aquí, pero puede verse completa en la web de TVE(a partir del minuto 7:14)- es un mini reportaje sobre el auge de los tratamientos homeopáticos. Nada que objetar, aunque sea el típico tema de relleno del que se puede hablar cualquier día.
Cómo no, la pieza comienza con el testimonio de una paciente que habla maravillas del tratamiento seguido. Nada nuevo. Luego, una doctora (nos enseñan su diploma, para que no dudemos de su profesionalidad) que cuenta brevemente de la aplicación de la homeopatía en enfermedades de larga duración, tales como asma, migraña, psoriasis… A continuación, un farmacéutico atestigua el aumento de la venta de preparados, que él no sabe “si funcionan o no funcionan”, durante la reciente “crisis” de la gripe A. Bueno, dado que la incidencia de la famosa gripe no fue ni mucho menos tan espectacular, nunca sabremos si agradecérselo a las pastillitas…
A renglón seguido la voz en off nos dice:
“Los detractores de la homeopatía dicen que no es eficaz y que los tratamientos son demasiado largos”.
¿Ein? Desde luego que los detractores -ninguno de ellos habla en el reportaje- niegan la eficacia de la homeopatía -si no, serían admiradores- pero lo de la longitud de los tratamientos no es ni mucho menos el principal factor de crítica. La diabetes, la esclerosis múltiple o la antes mencionada psoriasis, por ejemplo, son, entre otras muchísimas, enfermedades crónicas, y como tales tienen tratamientos de por vida. Si la homeopatía las tratara adecuadamente, nada habría que oponer a eso.
(Incidentalmente, lo de la longitud de los tratamientos me recuerda al psicoanálisis, otra disciplina seguida con fervor por mucha gente y que tiene en común con la homeopatía unas bases científicas como mínimo difusas).
La paciente del primer testimonio nos vuelve a contar lo contenta que está, nos dice que los dolores le han disminuido (por cierto, no sabemos qué es lo que tiene) pero el remate viene con la siguiente declaración de la voz en off:
“Eso sí, los medicamentos no pasan por la Seguridad social, así que en ocasiones toca preparar el bolsillo”
Esto, verá usted, es que los preparados homeopáticos DE MEDICAMENTO SÓLO TIENEN EL NOMBRE. Por tres motivos principales:
- Una preparación de este tipo consiste en agua a la que se le ha disuelto un determinado principio activo, se ha agitado y se ha vuelto a diluir en agua y agitar. El proceso continúa hasta que se obtiene… agua limpia. El punto, según los homeópatas, es que esa agua conserva la memoria de las sustancias con las que ha estado en contacto, y en eso basan su funcionamiento. Lo cual se da de bofetadas con todo lo que a día de hoy sabe la biología y la física. (Si alguien llega a poder mostrar experimentalmente la existencia de esa memoria, tranquilos que nos enteraremos: será un descubrimiento digno del Nobel).
- Por si esto no fuera poco, los “principios activos” son… bueno, pondré un ejemplo que salió en un reportaje de El País hace unas semanas: el catarro común causa lagrimeo e irritación de los ojos, así que la cebolla, que causa efectos parecidos, y siguiendo el lema homeopático de “lo similar cura lo similar”, debe ser buena para el catarro. Así, con un par. Claro, resulta que si no tomáramos nada nos acabaríamos curando igual, pero oye, mola y queda de un natural que lo flipas.
- Y el tercer motivo, consecuencia directa de los otros dos, es que en España un preparado homeopático no puede venderse en pie de igualdad con los medicamentos “alopáticos” porque éstos han de pasar por un riguroso control antes de ser puestos a la venta, y han de demostrar que sirven para lo que dicen que sirven. Puesto que las pildoritas de azúcar con agua no contienen principios activos, y no pueden demostrar que curan (según los homeópatas, porque es imposible reproducir en laboratorio sus tratamientos, ya que son completamente personalizados para cada paciente), no pueden pasar esos controles. Como contrapartida, y ya que son inocuos, pueden venderse libremente en farmacias, como los chicles, las cremas para el cutis…
Eso sí, sin olvidarse de criticar “la medicina alopática”, “la ciencia oficial”, “las multinacionales farmacéuticas” (como si los fabricantes de pildoritas de azúcar con agua las regalaran) y demás lugares comunes. Pero a mí me parece perfecto que la Seguridad Social no las cubra. Tal como están las cosas, sólo faltaba.
Así a lo tonto hace ya un mes que dejé aquí el último post, prometiendo “volver mañana” a darle mis “sabios” consejos a mi querida Bibiana… y hasta el día de hoy. Y no es porque no me haya acordado de ella (aunque me he acordado más de su jefe, y no para bien) pero últimamente me ha faltado tiempo para casi todo, entre terminar un mierdicurso de la Uned que he estado haciendo, y esto:
(Si por aquí hay algún aficionado a los Final Fantasy que no lo haya jugado, no sé qué hacéis que no vais corriendo a comprarlo)
De todos modos, como diría un amigo mío especialista en ponerle a la gente los pies en el suelo, tampoco es que se haya perdido gran cosa porque no haya escrito… pero de todos modos intentaré seguir haciéndolo. Si el calor del verano me deja…
Monica Bellucci, víctima de la alienación machista.
Te lo digo de verdad, Bibiana: mira que es difícil ser chica hoy en día. Como bien se encargó de remarcar el otro día en su blog José María Izquierdo, basta con que una mujer abra la boca para que se le eche encima toda la caverna racista, machista, fascista y alcohólica (le faltó decir que del Atleti, como Torrente) que no soporta que una miembra del bellodébil sexo femenino haya llegado a un puesto tan alto por sus propios méritos y la critica, por no tener más motivos, por haber nacido con cromosoma XX.
Y yo, que creo muy en serio que eres una mujer inteligente (porque si no no habrías llegado a ministra, ¿no es cierto?) pienso que lo que ocurre es que te tienen muy mal aconsejada. Es lo que trae dedicarse a la política: con tanto asistir a inauguraciones, congresos, almuerzos de trabajo y actividades de diverso pelaje, queda poco tiempo para ver las cosas que pasan en la calle, y tiene una que fiarse de lo que le dicen sus asesores. Afortunadamente, éstos trabajan con estadísticas totalmente fiables y para nada manipuladas, pero de una manera o de otra, no sé por qué, cada vez que dices algo sube el pan, Bibiana.
En cualquier caso, yo te ofrezco mi apoyo desinteresadamente, Bibiana. No puede ser que la caverna racista, machista, etc. siga campando a sus anchas y difundiendo por ahí noticias manipuladas que luego tu ministerio tiene que ir aclarando porque los muy reaccionarios no te comprenden y se burlan de ti por ser chica. Incluso se atreven a decir que tu ministerio es inútil: con todo el esfuerzo que haces en temas relacionados con la educación (huy, si ya hay un ministerio que se dedica a eso), la sanidad (anda, hay otro) y la justicia (ups)… Bueno, pues eso, que haces muchísimo esfuerzo.
Tomemos por ejemplo el asuntillo ese de los cuentos infantiles: una buena muestra de que la gente no te comprende. Con muy buen criterio, hace poco tu departamento ha presentado una campaña sobre “Educar en igualdad”. Hacía muchísima falta, ya que en los colegios jamás se habla sobre ese tema, ni sobre la solidaridad, la amistad, etc. Por supuesto, hoy por hoy, desgraciadamente, en las aulas las niñas han de ceder el paso a sus compañeros, esperar a que ellos hablen para poder decir algo y además deben limpiar lo que ensucien los chicos mientras éstos juegan al fútbol y hacen sus cosas de hombres. Entre los recursos de la campaña, hay un cuaderno de actividades en el que se remarca que los cuentos tradicionales aumentan las diferencias de género, ya que todas sus protagonistas son jovencitas que esperan, totalmente pasivas y bordando pañuelos (o durmiendo a pierna suelta, como la Bella Durmiente) a que llegue el príncipe azul y les saque las castañas del fuego.
Pues bien, los muy cavernarios se han atrevido a decir que quieres vetar los cuentos de toda la vida, tendrán valor. Pero por suerte, no estás sola en tu objetivo: hace unos años, un visionario autor llamado James Finn Garner, afrontando la incomprensión del mundo por atreverse a darle la vuelta al tabú, publicó un libro titulado “Cuentos infantiles políticamente correctos” que a partir de ahora debería ser de lectura obligatoria en los colegios. Y en tu ministerio, añadiría yo.
Érase una vez una persona de corta edad llamada Caperucita Roja que vivía con su madre en la linde de un bosque. Un día, su madre le pidió que llevase una cesta con fruta fresca y agua mineral a casa de su abuela, pero no porque lo considerara una labor propia de mujeres, atención, sino porque ello representa un acto generoso que contribuía a afianzar la sensación de comunidad. Además, su abuela no estaba enferma; antes bien, gozaba de completa salud física y mental y era perfectamente capaz de cuidar de sí misma como persona adulta y madura que era.
Así, Caperucita Roja cogió su cesta y emprendió el camino a través del bosque. Muchas personas creían que el bosque era un lugar siniestro y peligroso, por lo que jamás se aventuraban en él. Caperucita Roja, por el contrario, poseía la suficiente confianza en su incipiente sexualidad como para evitar verse intimidada por una imaginería tan obviamente freudiana. De camino a casa de su abuela, Caperucita Roja se vio abordada por un lobo que le preguntó qué llevaba en la cesta.
-Un saludable tentempié para mi abuela quien, sin duda alguna, es perfectamente capaz de cuidar de sí misma como persona adulta y madura que es -respondió.
-No sé si sabes, querida -dijo el lobo-, que es peligroso para una niña pequeña recorrer sola estos bosques.
Respondió Caperucita:
-Encuentro esa observación sexista y en extremo insultante, pero haré caso omiso de ella debido a tu tradicional condición de proscrito social y a la perspectiva existencial -en tu caso propia y globalmente válida- que la angustia que tal condición te produce te ha llevado a desarrollar. Y ahora, si me perdonas, debo continuar mi camino.
Caperucita Roja enfiló nuevamente el sendero. Pero el lobo, liberado por su condición de segregado social de esa esclava dependencia del pensamiento lineal tan propia de Occidente, conocía una ruta más rápida para llegar a casa de la abuela.
Tras irrumpir bruscamente en ella, devoró a la anciana, adoptando con ello una línea de conducta completamente válida para cualquier carnívoro.
A continuación, inmune a las rígidas nociones tradicionales de lo masculino y lo femenino, se puso el camisón de la abuela y se acurrucó en el lecho.
Caperucita Roja entró en la cabaña y dijo:
-Abuela, te he traído algunas chucherías bajas en calorías y en sodio en reconocimiento a tu papel de sabia y generosa matriarca.
-Acércate más, criatura, para que pueda verte -dijo suavemente el lobo desde el lecho.
-¡Oh! -repuso Caperucita-. Había olvidado que visualmente eres tan limitada como un topo.
-Pero, abuela, ¡qué ojos tan grandes tienes!
-Han visto mucho y han perdonado mucho, querida.
-Y, abuela, ¡qué nariz tan grande tienes!… relativamente hablando, claro está, y su modo indudablemente atractiva.
-Ha olido mucho y ha perdonado mucho, querida.
-Y… ¡abuela, qué dientes tan grandes tienes!
Respondió el lobo:
-Soy feliz de ser quien soy y lo que soy -y, saltando de la cama, aferró a Caperucita Roja con sus garras, dispuesto a devorarla.
Caperucita gritó; no como resultado de la aparente tendencia del lobo hacia el travestismo, sino por la deliberada invasión que había realizado de su espacio personal.
Sus gritos llegaron a oídos de un operario de la industria maderera (o técnicos en combustibles vegetales, como él mismo prefería considerarse) que pasaba por allí.
Al entrar en la cabaña, advirtió el revuelo y trató de intervenir. Pero apenas había alzado su hacha cuando tanto el lobo como Caperucita Roja se detuvieron simultáneamente.
-¿Puede saberse con exactitud qué cree usted que está haciendo? -inquirió Caperucita.
El operario maderero parpadeó e intentó responder, pero las palabras no acudían a sus labios.
-¡Se cree acaso que puede irrumpir aquí como un Neandertalense cualquiera y delegar su capacidad de reflexión en el arma que lleva consigo! -prosiguió Caperucita-. ¡Sexista! ¡Racista! ¿Cómo se atreve a dar por hecho que las mujeres y los lobos no son capaces de resolver sus propias diferencias sin la ayuda de un hombre?
Al oír el apasionado discurso de Caperucita, la abuela saltó de la panza del lobo, arrebató el hacha al operario maderero y le cortó la cabeza.
Concluida la odisea, Caperucita, la abuela y el lobo creyeron experimentar cierta afinidad en sus objetivos, decidieron instaurar una forma alternativa de comunidad basada en la cooperación y el respeto mutuos y, juntos, vivieron felices en los bosques para siempre.
Ves, Bibiana, te apoyamos. Pero no sólo en este tema. Mañana más.
Hay cosas en el mundo (muchas) que no entiendo. Una de ellas es el interés que parece mostrar la prensa en hacer noticia de portada asuntos que no deberían ir más allá que, en el mejor de los casos, un hueco en la sección de sociedad: que si fulanita se opera la nariz, que si menganita se divorcia, que si perenganito se ha liado con la mujer de su mejor amigo… Hoy mismo figura en la primera página del diario Levante-EMV la siguiente noticia:
No sé si el punto está en el “artículo” vendido o en el precio puesto, pero el caso es que la noticia en cuestión no sólo está en portada sino que figura en segundo lugar de las más leídas de la edición digital, supongo que, como suele ocurrir, por el morbo que nos produce fisgar en los reductos más íntimos de la vida ajena.
En cuanto a la noticia en sí, pues bueno, no tengo nada que objetar a la actuación de la muchacha: no hace daño a nadie y es más honrado que robar, y aunque puede decirse que vender la propia virginidad es lo mismo que prostituirse –que lo es- tampoco tengo nada en contra de la prostitución, así que si encuentra quien le pague el precio pedido, que lo disfruten y santas pascuas. A fin de cuentas el mundo está lleno de mujeres que buscan “caballeros solventes” con fines matrimoniales, cosa que tampoco creo que sea muy distinta del oficio más viejo del mundo.
Ahora bien, lo que sí escapa por completo a mi comprensión es qué motivos puede tener un hombre para estar dispuesto a pagar, no ya setenta mil euros –el precio inicial, para más inri, era de ciento veinte mil- sino ni un solo céntimo a cambio de ser el primero en “atravesar el umbral” de la virginidad de una mujer. Puesto que la virginidad es un concepto moral y no físico, ningún profesional sanitario puede, como dice la noticia, expedir “el certificado médico que acredite su supuesta virginidad”. Una mujer puede haber practicado sexo de mil formas distintas y seguir teniendo el himen en su sitio, cosa que parecen no entender los que ven las relaciones sexuales como “algo donde se mete un órgano dentro de otro órgano” y punto final. Así que si lo que les compensa en esta transacción es “ser el primero”, sintiéndolo mucho les comunico que eso no se lo puede certificar nadie.
Por otra parte, aunque pueda parecer que a día de hoy el sexo es algo que ya está asumido y las adolescentes son poco menos que doctoras en la materia, la realidad que se puede ver sólo buceando un poco por Internet es otra muy distinta: el mito de la “primera vez dolorosa y sangrienta” sigue campando a sus anchas y muchas chicas viven su estreno como algo que les produce más nervios y ansiedad que placer, a lo cual hay que sumar la inexperiencia y la falta de cultura sexual (no es raro encontrarse por los foros a chicas que preguntan “qué se hace la primera vez y dónde tienen que tocar a sus novios”) así que por ese lado tampoco comprendo qué esperan encontrar los pujadores en esta particular subasta: ¿su único trofeo va a ser decir “yo fui el primero”? Pues, francamente, me parece un premio ínfimo y, además, que les pone en un lugar más ínfimo aún como personas.
In memoriam Miguel Delibes, escritor español, 1920-2010
Amaba el libro, pero el libro espontáneamente elegido. Ella entendía que el vicio o la virtud de leer dependían del primer libro. Aquel que llegaba a interesarse por un libro se convertía inevitablemente en esclavo de la lectura. Un libro te remitía a otro libro, un autor a otro autor, porque, en contra de lo que solía decirse, los libros nunca te resolvían problemas sino que te los creaban, de modo que la curiosidad del lector siempre quedaba insatisfecha. Y, al apelar a otros títulos, iniciabas una cadena que ya no podía concluir sino con la muerte. Sentía avidez por la letra impresa. Y me la contagió. Fue ella la que me aproximó a los libros, a ciertos libros y a ciertos autores. En realidad, me abrió las puertas de ese mundo.
La revista El cultural publica hoy un adelanto del libro que la próxima semana llegará a las librerías, publicado por Seix Barral y conteniendo las cartas escritas por Pablo Neruda a la que fue el más largo de sus amores y la mujer con quien vivió sus últimos años, Matilde Urrutia. En esta época de webcams y emails, ojalá algún día alguien me enviara cartas como éstas…
Yo pienso en tí día y noche, noche y día, amor mío, dulce mía, y no sé si te quiero pero te quiero.
Eres mía y te beso
Hay algo más importante que tu y que yo, somos tu y yo. Juntos somos lo que la pobre gente no alcanza jamás, el cielo en la tierra. Te aprieto a mi corazón, amor mío, con cuerpo, alma y amor.
No eran celos, amor, sino exigencia de tu plenitud, de tu totalidad.
Ahora ya te he arado entera, te he sembrado entera, te he abierto y cerrado, ahora eres mía.
Para siempre!
Textos extraídos de las cartas de Neruda. Fotografía tomada de aquí
Al final va a parecer que le he cogido manía a la prensa con tanto hablar en los últimos tiempos de sus pifias, pero es que hay cosas que claman al cielo. Ya sabíamos aquello de “no dejes que la realidad te estropee un buen titular”, pero es que a veces ya parece directamente que tomen a la gente por tonta.
Ayer, otro ejemplo más al bote. Siguiendo la estela de noticias, declaraciones y recontradeclaraciones surgidas en torno a la actualidad económica, subidas de edad de jubilación, recálculo de pensiones y demás, aparecía este titular en la portada de la edición digital de El mundo:
Bien, si usted lo dice nos lo creemos. Pero el caso es que debajo de esta frase, con letra más pequeña pero formando parte del mismo “lote” de noticias sobre el tema, figura esta perla:
¿Ein? Resulta algo difícil de creer que alguien en España, sea o no funcionario, gane más que la media de la Unión Europea, no digamos que en Alemania, Francia o Bélgica, ¿verdad? Bien, veamos el cuerpo de la noticia, que empieza así:
“El sueldo de los empleados del sector público en España creció entre 2000 y 2008 una media del 5,1% frente al 3,2% en el resto de países de la Unión Europea, lo que supone un 40% más.”
Ahhh, bueno, acabáramos, es que eso no es exactamente lo mismo que ganar un 40% más, me parece a mí. (Como inciso, ¿saben ustedes cuánto subió el IPC, el coste de la vida, vamos, entre 2000 y 2008? ¿Ese mismo período en el que a los empleados públicos les creció el sueldo un 5,1%? Pues un 32%.)
Obviemos igualmente que el titular caiga en la frecuente confusión entre empleado público y funcionario, obviemos que hay una nada despreciable cantidad de empleados públicos que rondan el mileurismo, obviemos que también en el sector público existen contratos temporales y precariedad, que pagan impuestos y consumen como todo quisque… total, esos *[%&$# funcionarios son fijos… vamos a por ellos que tienen la culpa de todo lo que le pasa al país…
En todo caso, la noticia ha tenido un amplio eco, hoy mismo figura como la más leída de la edición digital. Así se crea opinión. Muy bien, señores.
Bueno, pues ya está aquí, ya llegó, después de semanas y semanas de rumores, contrarrumores e imágenes más o menos acertadas, el último niño de la factoría Apple: el iPad, nombre que, así dicho en una enumeración de los productos de la manzanita, suena algo cómico después del iMac, el iPod, el iPhone…
No deja de tener su gracia que produzca tanto revuelo mediático (el nuevo producto salió hasta en las noticias, aunque parece que los redactores no se informaron demasiado bien de lo que estaban presentando) un gadget de una compañía que, a pesar de su prestigio (en buena parte por su aire “elitista”) sigue siendo, si de ordenadores hablamos, definitivamente minoritaria. Sin embargo, en cuestiones de diseño parece ser el estándar a seguir: los reproductores de mp3 quieren parecerse al iPod, los móviles con pantalla táctil al iPhone, los ordenadores “todo en uno” al iMac… Y no negaré que a mí misma me gustaría llegar a ser una orgullosa maquera algún día. En cambio, el iPod Touch que en su momento me compré con tanta ilusión me resultó algo decepcionante: la batería duraba un suspiro, internet y youtube resultaban casi inútiles puesto que aún es complicado encontrar sitios con wifi libre… en fin, que acabé por venderlo en Ebay, después de no mucho tiempo.
En cuanto al nuevo juguete en sí, pues la verdad… como lo llama Forges, es más bien un Cachophone que otra cosa, y ni siquiera es innovador como concepto: ya hace mucho que existían los tablet PC, sin tanto ruido ni, seguramente, tantas ventas. Eso sí, es un Apple… ¿veremos dentro de poco las ciudades llenas de gente leyendo con su iPad en el autobús?
Aunque la noticia en sí es “fuerte” -por lo visto en los Emiratos Árabes Unidos no te pasa nada si torturas casi hasta la muerte a una persona, siempre que lo hayas hecho bajo los efectos de las drogas- a mí lo que me ha llamado más la atención es que un medio serio como El País haya publicado un texto -en la cabecera se indica que remitido por la agencia EFE- con un par de fallos garrafales, tales como “infringió” (por “infligió”) y “ha confirmado de que”, aparte de algún otro error de concordancia.
Desde luego, el verbo infligir debe de ser uno de los que se lleva la palma en cuanto al mal uso que se hace de él, y es un buen ejemplo de que a veces es peor querer usar un registro más culto (otro caso frecuente es el de quien dice “el afecto que se procesan” en lugar de “profesan”). Nadie está libre de cometer errores, yo la primera, pero creo que un periódico (o cualquier medio escrito, sea impreso o por internet) debería cuidar al máximo estos detalles. Lástima que a veces a los que nos preocupamos por estas cosas nos tachen de pedantes y rebuscados…
Este es mi patio de recreo, el sitio donde vengo cuando quiero pensar, soñar o simplemente dar un paseo. Dicen que por ahí hay un escondite en el que, si me encuentras, podemos mirar juntos la luna. Date una vuelta y, si te gusta, quédate.
Me dicen…