A veces en la vida nos cae un inesperado golpe de suerte que lo cambia todo: nos toca la lotería, se nos cruza un famoso que nos deja colocados para siempre, hacemos un gran negocio de algo que parecía no tener aplicaciones prácticas… Una mezcla de esas tres cosas debieron pensar en Umbriel, una pequeña editorial propiedad de la más grande Urano (especializada en libros esotéricos y de autoayuda) el día que decidieron publicar a un autor previamente rechazado por otras editoriales, con una novela de un género mil veces visto ya (Grandes Enigmas Que Cambiarán El Mundo) pero que, por una serie de carambolas, consiguió una enorme e inesperada popularidad mundial. Hablo, cómo no, de Dan Brown.
De Brown he leído tres de sus novelas, precisamente aquellas protagonizadas por Robert Langdon; El código da Vinci la compré, Angeles y demonios la leí sin pagar (dejo a la imaginación de qué forma la conseguí, pero me negué a añadirle un solo centavo más a la cuenta de Brown, a pesar de mi malsana curiosidad…); de La fortaleza digital y La conspiración prescindí directamente; El símbolo perdido (ya editada en España por Planeta, con gran despliegue publicitario, incluso críticas en la sección cultural de El País) la he leído por otros motivos, y no ha hecho más que reafirmarme en mi opinión sobre el amigo Dan.
En su momento, cuando se puso de moda El código da Vinci, lo devoré en pocos días, porque, eso hay que reconocerlo, la trama engancha y te hace desear seguir leyendo para ver de qué manera conseguirán los protagonistas salir del embrollo en que están metidos; además ayuda la narración, ágil, estructurada en capítulos muy cortos -muchos de ellos prescindibles, también- y totalmente carente de florituras literarias (bueno, en realidad carente de literatura alguna). Sin embargo, la sensación que me dejó al terminarlo fue doblemente mala: en primer lugar, condené el libro a la sección de mi biblioteca llamada Este no lo vuelvo a leer (es figurado, no tengo una biblioteca tan grande…) y, en segundo, me quedé con la impresión de que Brown se cree que los lectores somos tontos. Así de claro.
Y esto por varios motivos. Está bien que un autor utilice hechos reales, mezclados con una trama inventada, para ambientar mejor la historia y que nos metamos más de lleno en ésta; pero lo que no tiene ningún sentido es presumir de la exactitud de los lugares, hechos históricos y objetos que describes cuando se los distorsiona o directamente inventa, puesto que lo que consigue con ello Brown es engañar a un público que no tiene que ser necesariamente experto en los temas sobre los que lee, haciéndole creer que las cosas son de una determinada manera cuando no es así.
Esas distorsiones se han tratado en docenas de páginas bien documentadas, así que no abundaré en ello. Baste decir que Brown, lejos de reconocer sus errores, insiste en todas las novelas siguientes en la veracidad de lugares, objetos y situaciones (que se lo digan a los sevillanos), por no hablar de los plagios y “préstamos”…

Foto: Reuters
Otro motivo para pensar que Brown nos toma por tontos son algunos de los recursos que utiliza para resolver sus argumentos. Tanto en El código como en El símbolo hay sendos pasajes en los que Robert Langdon, supuestamente un experto en simbología, arte e historia, no reconoce un escrito que el lector, asombrado por la ineptitud del protagonista, ha descifrado varias páginas antes, pero Langdon se pasa esas mismas páginas devanándose los sesos y haciéndose cruces sobre la dificultad del código empleado… que es obvio y transparente para cualquiera que no sea él.
Además, no duda en, directamente, confundir al lector de la forma más burda, mintiendo con todas las letras para que el final de la novela no sea tan evidente; no tiene nada de malo que un escritor, metido en la piel de un narrador omnisciente, omita datos importantes, o lleve al que lee por un sitio que resulta no ser el indicado; incluso es normal que los personajes mientan; pero que lo haga el narrador no tiene excusa.
Y aun con todo ello, Brown sigue arrastrando legiones de lectores fieles, que alaban “sus documentadas novelas”, y cuando se les hace notar que dicha documentación flaquea por todos lados, te salen con lo distraídas que son; cuando no, directamente, las elevan a los altares (laicos, por supuesto) por haber descubierto a la humanidad las terribles conspiraciones y hechos ocultos por la maquiavélica iglesia. Si él lo dice…
De lo que no parecen darse cuenta sus fieles lectores es de que este buen señor, que alardea de la inmensa responsabilidad que recae sobre sus hombros por desvelarnos secretos tan comprometidos, en realidad no hace más que escribir la misma novela una y otra vez. Supongo que pensará que si la primera le resultó bien, por qué no repetir la fórmula. ¿La prueba? Por ejemplo, las sinopsis de las tres obras protagonizadas por Langdon, extraídas de las webs de sus respectivas editoriales:
Antes de morir asesinado, Jacques Saunière, el último Gran Maestre de una sociedad secreta que se remonta a la fundación de los Templarios, transmite a su nieta Sofía una misteriosa clave. Saunière y sus predecesores, entre los que se encontraban hombres como Isaac Newton o Leonardo Da Vinci, han conservado durante siglos un conocimiento que puede cambiar completamente la historia de la humanidad. Ahora Sophie, con la ayuda del experto en simbología Robert Langdon, comienza la búsqueda de ese secreto, en una trepidante carrera que les lleva de una clave a otra, descifrando mensajes ocultos en los más famosos cuadros del genial pintor y en las paredes de antiguas catedrales. Un rompecabezas que deberán resolver pronto, ya que no están solos en el juego: una poderosa e influyente organización católica está dispuesta a emplear todos los medios para evitar que el secreto salga a la luz. (El Código da Vinci)
En un laboratorio de máxima seguridad, aparece asesinado un científico con un extraño símbolo grabado a fuego en su pecho. Para el profesor Robert Langdon no hay duda: los Illuminati, los hombres enfrentados a la Iglesia desde los tiempos de Galileo, han regresado. Y esta vez disponen de la más mortífera arma que ha creado la humanidad, un artefacto con el que pueden ganar la batalla final contra su eterno enemigo. Acompañado de una joven científica y un audaz capitán de la Guardia Suiza, Langdon comienza una carrera contra reloj, en una búsqueda desesperada por los rincones más secretos de El Vaticano. Necesitará todo su conocimiento para descifrar las claves ocultas que los Illuminati han dejado a través de los siglos en manuscritos y templos, y todo su coraje para vencer al despiadado asesino que siempre parece llevarle la delantera. (…) Nos arrastra a una espiral de acción sin pausa, un impactante thriller donde se suceden las sorpresas y se revelan algunos de los más oscuros enigmas de la historia. Fuerzas que han permanecido ocultas durante siglos y que ahora planean destruir la Iglesia… literalmente. (Ángeles y demonios)
Washington. El experto en simbología Robert Langdon es convocado inesperadamente por Peter Solomon, masón, filántropo y su antiguo mentor, para dar una conferencia en el Capitolio. Pero el secuestro de Peter y el hallazgo de una mano tatuada con cinco enigmáticos símbolos cambian drásticamente el curso de los acontecimientos. Atrapado entre las exigencias de una mente perturbada y la investigación oficial, Langdon se ve inmerso en un mundo clandestino de secretos masónicos, historia oculta y escenarios nunca antes vistos, que parecen arrastrarlo hacia una sencilla pero inconcebible verdad.
Con la ayuda de Katherine Solomon, hermana de Peter y experta en ciencias noéticas, Robert Langdon tiene doce horas para salvar a su amigo y, al mismo tiempo, evitar que uno de los secretos mejor guardados de nuestra historia caiga en las manos equivocadas… (El simbolo perdido)
En resumen: Robert Langdon se ve metido en un lío con una organización secreta (o conocedora de profundos secretos) y tiene un período muy corto de tiempo para evitar que ocurra una gran catástrofe, con la ayuda de una bella mujer que trabaja en algo interesante… Es decir, el mismo argumento que docenas y docenas de novelas de la sección de misterio de cualquier librería, llenas a rebosar de templarios, conspiraciones, sectas y secretos místicos. Sólo que a Brown le ha ido especialmente bien con las suyas, gracias a la “veracidad” de sus historias y la “revelación” de las supuestas interioridades de la Iglesia Católica… pero, a la postre, no creo que sea más que otro vendedor de misterios. En fin, gente con suerte…